Canoa

Felipe Cazals (1975) México

Por Diego Ulises Alonso

La película se exhibió hace 40 años en la Berlinale y fue merecedora del Oso de plata. Este año se ha vuelto a presentar en la 67º edición del festival de cine de Berlín, después de haber sido remasterizada. El film cuenta una historia real que sucedió el 15 de septiembre de 1968. Aprovechando el puente de la conmemoración de independencia, cinco trabajadores universitarios de la Universidad Autónoma de Puebla planean una excursión de montañismo a la Malinche. La aparente tranquilidad de la atmósfera que rodea su cotidianidad está envuelta en una espesa neblina, lo cual transforma el escenario en un ambiente completamente hostil. A esta nebulosidad contribuyen la radio y los periódicos locales, mediante el esparcimiento de rumores sobre un ataque inminente. La amenaza es imaginaria pero el miedo es real. Ser estudiante o parecerlo es signo indiscutible de sospecha: ¡seguro pertenecen al marxismo¡ ¡Seguro quieren el caos! Todo indica que la violencia estallará en cualquier momento, da igual contra quién. Víctima o victimario. Las estructuras de dominio se entrelazan para engendrar odio, desconfianza y resentimiento contra quienes opongan resistencia. El poder religioso se entrelaza con el poder político y el mediático para delinear al enemigo. Los jóvenes excursionistas parecen estar fuera de ese contexto, o no quieren verlo, o no le dan importancia. ¿Y por qué habría de ser de otro modo? Los movimientos estudiantiles les resultan ajenos, a pesar de ser ellos mismos trabajadores de la universidad.

La distancia entre ellos y los habitantes de Canoa es inmensa. Sólo al llegar descubren que no son bienvenidos, que su presencia despierta desconfianza, pero no entienden por qué. Al fin y al cabo son (o creen ser) simples excursionistas, que debido al mal tiempo, quedaron atrapados en un pueblo cercano a la ciudad y a la vez tan lejano. ¿Pero qué son doce kilómetros? Son siglos de distancia. Canoa vive en otra época y tiene otro lenguaje: allí se habla mexicano y la cotidianidad del mundo funciona bajo su propia ley. Pero la distancia temporal está atravesada, a su vez, por figuras de siglos anteriores y posteriores. En Canoa se colapsó el tiempo de todos los Méxicos. Allí la estructura jerárquica colonial se con-funde con las divinidades prehispánicas; los dioses sidos han regresado bajo la forma de un único dios omnipotente y cristiano, cuya autoridad se ha encarnado en la figura papal del párroco: máxima autoridad judicial, moral y espiritual.

A través de él, los habitantes han sido advertidos: el demonio anda suelto, el enemigo acecha la tranquilidad del pueblo, amenaza con destruir el orden establecido, hay que mantenerse alerta. Este diablo ya atacó en la ciudad de México y es cuestión de tiempo para que ataque la iglesia local, para que ice en la casa de dios su bandera roja y negra: “roja como la lujuria y negra como las tinieblas”. Eso se escucha cada domingo durante el sermón. La guerra contra dios está demasiado próxima. En esta ocasión los estudiantes marxistas son quienes han cedido a la tentación, quienes pretenden destruir a los creyentes y convertirlos en adoradores de lucifer. Pronto vendrán con su propaganda falsificadora. La batalla tendrá comienzo. Es una prueba de dios.

La película cuenta desde el inicio el desenlace de la historia con precisión periodística y, sin embargo, deja intacto el trasfondo que se ha puesto en juego. En el segundo plano se libra una lucha de fuerzas impersonales entre una estructura de poder que teme por su permanencia y un enemigo invisible al que hay que desacreditar y descalificar, hasta el punto de hacerlo merecedor de la violencia desproporcionada que se le aplica. La masacre que se está preparando, y no me refiero a la que ocurrió en Canoa, sino a esa otra masacre, la que ocurrió meses después en Tlatelolco, se va justificando. Los estudiantes se lo han buscado, esos buenos para nada, delincuentes, alborotadores, tontos soñadores. El linchamiento que acontece en Canoa es un mandato de las fuerzas divinas que gobiernan el mundo, en cambio, la masacre de Tlatelolco es un mandato de las fuerzas del estado; una orden que se ejecuta solo después de haber preparado por medios políticos, mediáticos y religiosos, su condena pública.

El sacerdote que incita a la violencia también está atrapado en esta red. Como representante en este lugar olvidado de la civilización, debe preservar los valores eternos, aquellos que rinden tributo al dinero y al ejercicio del poder. Monarca feudal de un lugar que está en cualquier época y cualquier parte de México, se siente amenazado por una fuerza misteriosa. Más vale prevenir y estar dispuesto a aniquilar al enemigo que perder. Pero resulta que las víctimas no son comunistas, sino trabajadores universitarios que iban de paso sin intenciones de iniciar una guerra santa, o de acabar con el orden establecido. Demasiado tarde descubren que ellos son el chivo expiatorio de todo el odio y rencor acumulado por el pueblo. Serán vejados, humillados y sometidos a una violencia descomunal, salvaje, irracional. Pero parece que no hay culpables concretos. Son las fuerzas invisibles que gobiernan el mundo las que han descargado su ira sobre ellos. El linchamiento se convierte así en el ritual de identificación y purificación de un pueblo. Por obra del azar cualquiera de nosotros podría terminar siendo la víctima de algo así como una neblina que silenciosamente nos envuelve.

Entrevista al realizador de Canoa Felipe Cazals.

Author: ojopinea

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