A través del espejo

Ingmar Bergman
Såsom i en spegel (1961) Suecia

Por Diego Ulises Alonso Pérez

Bergman es quizá uno de los directores más reconocidos, vistos y comentados de la historia del cine. Sin duda su obra no deja de sorprender ni a quien la descubre ni a quien asiduamente regresa a sus películas. Temas recurrentes y obsesiones propias de su autor aparecen aquí y allá, sin volverse aburridos o trillados. Uno de estos temas es la imposibilidad de comunicarse, lo que genera una sensación de aislamiento, conflicto existencial y soledad en muchos de sus personajes principales. Quisiera aquí comentar esto en relación a su filme A través del espejo (1961) o, como también se ha traducido, Como en un espejo. No quisiera detallar la historia, ya que es posible que ésta sea familiar a la mayoría. La protagonista, Karin (Harriet Andersson), está aquejada por una enfermedad mental que pareciera incurable. Vive entre dos mundos, uno supuestamente real y otro supuestamente ficticio. El conflicto que esto genera terminará por explotar, lo que cambiará la vida de todos los que la rodean. Y ¿acaso hay algo más ‘personal’ e incomunicable que una enfermedad? Cualquiera que ha padecido de una crisis de migraña sabe que en ese momento el mundo cobra otro matiz, se colorea de otra tonalidad y nos aísla de una manera peculiar e intransmisible. El dolor y los síntomas que siente el o la afectada son objetivamente descriptibles, se pueden clasificar, medir, organizar, jerarquizar y establecer bajo un orden que los dota de sentido. Pero una cosa es describir y otra vivir (sufrir o padecer) una enfermedad. Quien nunca ha experimentado algo
semejante sólo puede formarse una vaga idea de lo que implica una crisis de migraña. De igual forma nuestra atormentada protagonista mira con cierta melancolía cómo su esposo, Martin (Max
von Sydow), quien pareciera amarla de manera incondicional y que se esfuerza por acompañarla de la mejor manera, se aleja cada vez más de ella, cada vez más en otro mundo. El mundo se agrietó y él no puede compartir esa sensación – él no es capaz de escuchar las voces que la llaman – él no puede ser testigo de la promesa de la venida de un dios que llenará de gozo y alegría a un mundo de por sí lleno de luz y tranquilidad, mundo al que, pareciera, sólo ella tiene acceso.

Físicamente conviven en la misma casa, comparten el mismo paisaje, los ilumina el mismo sol, se bañan en el mismo mar, respiran el mismo aire… pero el cuarto del segundo piso – abandonado por razones desconocidas para el espectador o quizá un desván o bohardilla – es la ilustración rotunda de que no están en el mismo lugar, de que aunque él esté al lado de ella viéndo- la mientras contempla la llegada de un dios que se revela como una araña, esforzándose por comprenderla y por ser parte de su mundo, no están en el mismo lugar y, sin embargo, comparte el mismo espacio. Las paredes de ese cuarto sólo le hablan a ella, el dios que entra por la puerta del armario sólo es espectáculo para ella. Aislamiento que, en el fondo, no es exclusivo de la protagonista, pues su esposo está también aislado, del otro lado de la grieta, en el mundo de los “normales”, amando apasionadamente a su esposa; pero justo en esto él también está solo, pues ella no está en la misma habitación, aunque físicamente lo estén, ‘espiritualmente’ no pertenecen al mismo plano. Él trata de transmitirle su amor, pero cada vez – y de manera irremediable – se alejan más. La película ilustra claramente que el espacio no es algo meramente objetivo, medible, cuantificable, sino un lugar en el que se despliega la existencia y el cual está cargado de sentidos diversos. Tomaré un ejemplo: el ruido del helicóptero que se acerca y su sombra a través de la ventana son, por un lado, para ella el dios bajando de las colinas y entrando por la puerta del armario; por otra parte, son para él la ambulancia que se llevará a su amada, señal de que no puede entrar en su mundo.

Y como en un espejo se ven los demás personajes reflejados en la misma soledad e incomunicabilidad, en su mundo propio, aunque compartan la cena, las risas, las emociones, las discusiones, los conflictos. El padre, David (Gunnar Björnstrand), trata de contemplar como un espectador ajeno y ansioso por describir el declive de su hija. Su otro hijo, Minus (Lars Passgård) quisiera poder dialogar con él, sentirse comprendido, transmitir sus anhelos, recibir una lección de su padre. Y, a pesar de la imposibilidad de comunicarse mediante palabras, éstas transmiten la compañía que mutuamente se brindan en su separación. Los humanos tenemos mucho de “niños abandonados en un bosque, temiendo la oscuridad y la mirada nocturna de los búhos, esperando abrigo, cobijo, compañía”. Esta metáfora que se enuncia en algún momento de la película, coincide no sólo en el sentido primario, sino también en que el mismo lugar es distinto cada vez y para cada quién. El bosque en el que a lo lejos se anuncia la venida de un dios es un lugar lleno de calma, de tranquilidad, donde se respira
el gozo y la paz; sin embargo, y a la vez, es también el lugar que incomunica, aquél que no puedo compartir con los demás y cuya calma, en cualquier momento, puede convertirse en un suplicio, el dios prometido en una bestia destructora y la grieta del mundo en una grieta de otra.

Mundos propios que sólo se pueden compartir indirectamente con palabras –igual que una crisis de migraña o una apendicitis – y que, sin embargo, tienen repercusiones en el mundo de cada cual, pues cada mundo propio es, a la vez, mundo compartido. Ese otro mundo de las alucinaciones de la protagonista afecta
el mundo de su esposo, de su hermano y de su padre, y viceversa. ¿Cómo sería esto posible sin un estrato común a todos los
mundos? Y, a pesar de ello, soledad e incomunicación entre los personajes. Si bien aquí esto se muestra en torno a una enfermedad mental, cabe la insinuación de que ello es válido para la vida en su totalidad (también para los “normales”), que las alegrías y dolores son compatibles sólo de forma indirecta, que el cuerpo, en cierta manera, nos separa de tal manera que el mundo siempre está agrietado, multívoco e infinitamente abierto a nuevos y singulares sentidos.

Author: ojopinea

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