Persona: el espinoso silencio del sujeto

Ingmar Bergman
Manniskoätarna (Persona 1966) Suecia

Por Fernando Huesca

Elisabet Vogler, una actriz, se queda muda en medio de una representación de Electra; permanece en silencio por tres meses; el diagnóstico clínico no revela una anomalía fisiológica o psicológica. Elisabet está sana y cuerda. Es un ejercicio de plena voluntad. La enfermera Alma es llamada a cuidar de Elisabet y a acompañarla en su rehabilitación en una casa de verano. Alma y Elisabet conviven en un intercambio de confesiones y miradas, en el que el férreo y grácil mutismo de Elisabet se rompe apenas abruptamente ante la amenaza de una agresión con agua hirviendo. Al final Alma se despide, después de extraer un “nada” de la boca de Elisabet. En el ínterin, la compleja dialéctica de la comprensión humana se muestra en sus márgenes más inhóspitos y tremebundos.

“En la red de relaciones intersubjetivas, cada uno de nosotros es identificado con y atribuido a cierto lugar fantasmático en la estructura simbólica del otro”, dice Slavoj Žižek en clave lacaniana; el Otro es un centro de proyección imaginaria y simbólica, entretejido en una red de significantes. No hay identidad real y esencial que subyazca a la superficie aparente; el rechazo a hablar, la abstención de la voz no relegan a Elisabet del juego de los espejos en que consiste la interacción humana. La actriz silente, la que se ha refugiado en el santuario de la interioridad (quien no habla no es culpable ante sí, por los delitos metafísicos del habla), la que protesta con la extinción de su voz, por la extinción de lo humano por una civilización corrompida (las imágenes de la inmolación de un monje budista en protesta contra el gobierno survietnamita y de un grupo de judíos arrestados en el gueto de Varsovia aparecen como el eco político en filme, de las atrocidades de guerra del siglo XX), la mujer agobiada que encuentra placer en el escrutinio perverso del Otro – otro rol más puesto en escena en el teatro del mundo, papel que se realiza con la connivencia de Otro.

Ya sea que una crisis existencial, o una protesta política – el gran Arte se caracteriza por abrir múltiples interpretaciones– dirijan causalmente la voluntad de Elisabet, ésta se encuentra inmersa en la red fantasmal que vincula a las subjetividades humanas; el reconocimiento de Uno y Otro no se encuentra meramente en la conexión mecánica de dos piezas de rompecabezas, sino en un campo de litigio y lucha que se asemeja más a la caricatura de la lucha a muerte por el reconocimiento que se ha extraído de la Fenomenología del espíritu hegeliana. El heme aquí humano abierto por Bergman (en su obra, en general), está impregnado de la contemplación de los abismos hecha metáfora por Nietzsche y de la conflictividad de la intersubjetividad, tan querida en la recepción francesa de Hegel.

La dieléctica del Otro: atracción, repulsión, determinación recíproca, identidad… El espejo del Otro es la condición sine qua non de la proyección de lo propio, la superficie que contemplamos y regresa la mirada. Ni autonomía plena, ni triunfante autodeterminación; incesante forjar de lo Uno con un estira-y-afloja incierto y conflictivo. Espejo retador.

¿Qué puede transmitir la asunción plena de la negatividad discursiva en la forma de la abolición del habla? ¿Una reacción contra el logos opresor y dominante? ¿Una mostración de la construcción de la propia narrativa personal en el campo espinoso de la con-frontación con el Otro? ¿Un atisbo de la nada como fundamento?

La vida se cuela por todas partes.

Author: ojopinea

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