Los Comulgantes / Noche de Circo

Ingmar Bergman
Nattvardsgästerna (1963) / Gycklarnas afton (1953) Suecia

Por Zvezda Ninel Castillo

Que en nuestro segundo tomo iríamos por todo y le entraríamos de una vez a Bergman era materia decidida antes de tener listo siquiera el primero. Hablar de él es un gustoso imperativo que ninguno objetó porque, aunque Ingmar es uno de esos idolatrados puntos de mame de toda revista de cine que quiere tomarse demasiado en serio a sí misma y podía resultar un estático o pretenciosos lugar común, ¡a la Bergman!–como dijo un amigo-, nosotros honestamente amamos sus películas ytarde o temprano tendría que tocarle el turno a este gigante sueco en una revista que pretende expresar nuestras relaciones con el cine (probablemente nuestras relaciones en general tarde o temprano tocan a Bergman).

Personalmente, tengo problemas muy fuertes con el esnobismo, y por ello amo nuestra portada que parece sacada de snapchat y el hecho de que nuestra editora haya escrito “toca papi Ingmar” para anunciar el tomo en Facebook. Los corazones tatuaje-sticker en el pecho de Liv Ullmann son el puente de familiaridad que se necesita para tratar al dios del cine que es Papi Ingmar, porquela categoría dios siempre conlleva el riesgo de clavarte sistemas de profanidades, tabúes, éxtasis difíciles y clamores distantes generan una atmosfera de superioridad tan densa que saca del juego a la mitad del mundo. Las relaciones con los dioses son lo primero en mi tren de pensamiento al hablar de Bergman, por eso pensé en escribir desde lo que más me gusta de los dioses: que es su inexistencia, su muerte o su silencio. Los Comulgantes tenía que ser mi elección.

No tengo la película y fue una suerte, porque alguien la puso en youtube, y al terminar de verla, la hilera de  reproducciones al lado de la pantalla me presentó entre las opciones, doblada al español pero irresistible, otra cinta de Bergman que me coqueteaba desde hace tiempo: Noche de circo. La vi y quede prendada, el doblaje no me quito demasiado -temía que resultará como el, generalmente horrible doblaje castellano de animación-, los rostros cargados de pulsión de los fantásticos actores y los juegos de luz del dueto Bergman-Nykvist se abren camino por sí mismos entre las brecha de la traslación.

Diez años más joven que Los Comulgantes (que era una de las preferidas del propio Bergman y es considerada por muchos como una obra de madurez sumamente representativa), Noche de Circo ofrece otra faceta de la ausencia, del fracaso y del silencio que vale la pena mirar en contraste para reflexionar sobre los extremos hasta los que llega la tragedia y hasta qué punto es posible romper con las cadenas del carácter en el Bergmanverso. 

En Los Comulgantes, seguimos al pastor Tomas Ericcson, un hombre obsesionado con su fallecida mujer, cuya expresiva mirada y agripada nariz indican los quiebres de su cuerpo ante la angustia que es para él la ausencia de dios. En “Noche de circo” el protagonista es Albert Johansson, un director de circo que vive rodeado de pulgas y lodo que encuadran su miseria material y cuyas mejillas sudadas por el alcohol y la indignación revelan los límites de su carne ante la ausencia de paz que significa la miseria. Dos personajes muy distintos pero equiparables por sus trabajos que les exigen más de lo que pueden dar (a uno, una fe que ya no siente –no sé si realmente creerle a todos cuando dicen que alguna vez la tuvo-, y al otro, una resistencia a la pobreza que ni él ni nadie puede llevar bien para siempre), dos hombres que ven en el continuar viviendo un irrenunciable pero odioso deber.

No creo forzar demasiado los paralelismos al comparar a Tomas y Albert en más sentidos que su compartida decepción ante el oficio que experimentan como condena existencial, pues las personas que los rodean juegan roles que podemos mirar como expresiones distintas de tropos similares. En los dos casos los protagonistas tienen que lidiar con un par de sátiros que los irritan porque expresan con altanería sus problemas: Tomas tiene al organista y al sacristán, y Alfred tiene al director de teatro y al actor. Ambos tienen una mujer en su pasado que se ha convertido en la representación de una tranquilidad perdida para siempre y una mujer en el presente con la cual las cosas son complejas tanto por su carácter como por el hecho de que están marcadas -según ellos- con ciertas significaciones sucias que no casan con la satisfacción de sus vacíos (Tomas tiene a Martha Lundberg, una maestra a la que no ama porque le repugnan sus periodos, sus achaques y la forma en la que le habla con sentido cuando no quiere oír razones y le responde con sarcasmos justo cuando él rompe sus barreras y le suelta sus angustias como si esperase de ella una compañera de disertación; y Alfred tiene a Anne, una joven amazona a la que quiere, pero a la que trata de abandonar para volver con la ex -práctica, generosa y prospera, pero enemiga del circo- porque ve en ella a la mujer por default indecente del mundo pobre y caótico del circo que lo está matando). Los dos comparten escena con una pareja beta cuyas fatalidades podrían leerse como el augurio de lo que ocurrirá con ellos mismos si continúan sus relaciones desde las condiciones en las que están parados: Tomas rechaza con toda contundencia la ayuda romántica de Martha, no la quiere, cosa que ella –y parte de la audiencia- califica como un grave error, pero, viendo el dialogo fracturado entre Jonas (un tipo totalmente hundido en la duda propia) y Karin Persson (una mujer con mejor carácter que Martha que se esfuerza por oírlo y ayudarlo pero que tiene demandas prácticas distintas y pocos elementos para entender y abordar lo que le aqueja), uno puede entender que desagrade la idea de casarse y generar una familia sabiendo que la comunicación de todas maneras caerá en saco roto y que el problema de su vida no radica en el romance sino en obtener una conversación trascendente; mientras que en la otra película, el cambio ocurrido en el payaso Frost, quien al inicio de la película se arroja con trágica caballerosidad al mar para salvar a Alma, su impúdica pero vulnerable mujer, de la afrenta de los soldados, pero al final pide que le peguen un tiro de misericordia a ella y al oso, alerta a Albert de que para allá puede ir con Anne.  

No es necesario hacer esta lectura cruzada de las películas porque por sí mismas son sumamente ricas en elementos a meditarse, pero me interesa destacar que el universo Bergman tiene abierta la posibilidad de leer de esta forma que acrecienta la experiencia. No es por mera ociosidad o compulsión por encasillar dentro de patrones inexistentes por lo que la audiencia ha agrupado a “Como en un espejo”, “Los comulgantes”, y “El silencio” en la trilogía no oficial conocida como “El silencio de Dios”. No se trata de conspiracionismo bobo como el de la teoría Pixar, ni de imaginar que los huevos de pascua (un término nacido en los juegos de software que se refiere a contenidos ocultos o disimulados que hacen reminiscencia a una historia de la misma fuente pero narrativamente inconexa) son forzosamente conectores que dan prueba de un universo conectado a la manera del Tarantinoverso; aunque es controvertible, no se puede negar que el meta proceso de creación de Bergman y sus juegos con actores y nombres llevan la vinculación temática más allá del puro estilo o sello personal: hay un cuerpo filosófico que se acerca a la estructura de universo narrativo hasta el punto de que el mismo Bergman –persona, no sólo director- se confunde en él. Si jugamos con contrastes variados entre sus películas, nos encontraremos con nuevos caminos para llegar al centro de las propuestas de cada una.

Un punto muy importante dentro de Los Comulgantes, que se hace todavía más notorio cuando la ponemos al lado de esta otra cinta, es el de las diferencias que existen entre los dolores y atribulaciones de naturaleza material y los de carácter espiritual. La brutalidad de la soledad mental, por encima del suplicio físico, es expresada de manera magistral por Algot, el perspicaz y burlón sacristán (que, si fuera inteligente, Tomas debería tomar como amigo de copas) al hablar de la pasión de Cristo y de la simpleza de la gente que cree que el clamor de Jesús en la cruz por el abandono de dios es por los clavos y no por los apóstoles que durante tres años vivieron con sus enseñanzas y al final le dieron la espalda. Por otro lado, la reivindicación del mundo material que tampoco debe perderse ante la tremenda presencia del malestar anímico, la lección del sentido común, la practicidad y el reino del hombre se supondría que tendrían que venir de la mano de Martha, pues es ella quien se define a sí misma como fuerte y se ofrece a salvar a Tomas mediante el terreno método de su amor y el matrimonio, al tiempo que pregona que la verdad detrás del silencio de dios es tan simple como que no existe; sin embargo, no cumple bien con ninguna de estas cosas: es débil y está intensamente enajenada por la fe en la que ha transformado al propio Tomas. El organista le aconseja irse de esa región sin vida y de ese amor no correspondido, pero ella está perdida en su obsesión por obtener la respuesta de su dios pastor; no puede ayudarle en nada a Tomas porque ella no es la salvadora sino la patética creyente de una religión sin futuro; todo cuanto pueda tener de práctica lo sacrifica a lo estúpido en el altar del pastor. El personaje de Karin hace un mejor trabajo que Martha al balancear las preocupaciones mundanas con las meditaciones sobre la vida, le tensan las inquietudes de su esposo por la pequeñez del hombre frente a los conflictos globales y ella misma los siente, los dimensiona, pero, ella misma lo dice, “no se preocupa tanto…será que le falta imaginación”, sus preocupaciones son más cercanas, son sus tres niños y el que viene en camino, conoce sus límites frente a la naturaleza de los apremios que ofuscan a su hombre, y es por ello que delega la palabra a alguien más preparado en la materia -a falta de un buen psicólogo o de una filosófica amistad que le apoye-, se confió a las orientaciones del pastor…pésima apuesta: Tomas es un predicador derrotado que más bien parece haber contribuido al desenlace temido; es un hombre sin consuelos para otros que sólo sabe hablar de sus propios desencantos y de que la imagen de dios que solía tener siempre había sido la de un dios personal y aséptico, que lo decepcionó. La yerma frialdad del paisaje parece una vista al interior de Tomas, el interior del que nadie puede tomar nada -ni siquiera un sermón decente- que le sirva para la vida. En medio de ese frio, Martha quiere arrimarse a Tomas porque se ha convertido en su acolita (¡también está perdida!); en medio de ese frio Karin se queda sola porque no hubo quien pudiera conectar con su esposo devorado por la angustia, que absurdos y egoístas le resultarán –me imagino yo- de aquí en adelante los dolores del religioso inservible que no puede hacer de puente entre lo íntimo y lo común; que excesivamente burgueses e individualistas se ven los tormentos del alma cuando se le comparan con los conflictos pragmáticos y sociales que envuelven a los trágicos personajes de la otra película

Albert es parecido en muchas circunstancias a Tomas, pero no en su postura frente al hombre, a él no le afecta tanto el silencio de dios como el silencio de la justicia que le garantice la paz y la plata suficiente para no desfallecer; él “ama a los hombres, quiere abrazarlos pero ellos le rechazan” porque su situación es caos e incertidumbre y por eso –sólo por eso- es por lo que quisiera dejar el circo. Anne también quisiera huir de las dificultades, pero no visualiza –y probablemente realmente no tenga- una salida que no vaya del brazo de un amante, y los amantes a su disposición no pueden o no quieren sacarla de esa posición, su ausencia de “decencia” se debe en mucho a su ausencia de estatus, de un sitio en la sociedad en el que la virtud no le sea regateada. Todos los habitantes de esa triste caravana (hasta los animales en ella) quisieran huir de la dureza de su realidad porque todos son los marginales de una sociedad que le paga mal al arte y que estigmatiza en niveles variados a aquellos que le consagran su vida. No tienen escapes porque viven en un mundo que goza de marcar, azotar y reír de la desgracia, más que de la actuación, de los de su clase: el policía los expulsa de la calle porque no tienen permisos para estar ahí, los soldados –que entran en escena disparando sus cañones al aire como si estuviesen caminando con los pitos por fuera- se burlan de ellos, y hasta los teatreros –los que uno imagina sus aliados naturales- los meten en la lógica del abuso porque su necesidad los pone al alcance del yugo de quien quiera que esté un escalón arriba, y así, sin ningún tapujo, lo admite el director del teatro que reconoce que “somos dos caras de la misma moneda…el más torpe de nosotros podría escupirle al mejor de los suyos porque ustedes se juegan la vida, nosotros la vanidad” [un millar de puntos extra de mi amor se lleva la película porque el drama de los cirqueros de Bergman es compartido, ahora con más intensidad que nunca, por los cupletistas, malabaristas, payasos y demás bohemias almas de Puebla[1]]. El tormento material de estos seres de fuerte emocionalidad que se mueven a todos lados y sin embargo están aprisionados, es tan fuerte como el tormento filosófico que acompaña a los protagonistas de la otra película. Tal vez entre ambas cintas puede tejerse una madeja de reconciliación entre el cuerpo y el alma, y entre lo individual y lo colectivo, sin dios de por medio.

Que calle todo lo que quiera dios, la voz del humano es más importante; no puedo dejar de pensar que si Tomas se olvidara un poco del señor que no le habla e hiciera como los artistas que quieren abrazar a los otros y festejar (tal vez si él, su sacristán y a su organista le hubiesen ofrecido a Jonas un trago y una conversación de corazón, en vez de un café formalista y un sermón hecho de ceniza, la escopeta se hubiese demorado) si tomará la tarima y la conducción de su rebaño, su hambre de trascendencia se hubiese satisfecho. ¿Tan difícil es voltear hacia el lado antes que hacia un cielo vacío?


[1] A mediados de 2017 la administración panista arrancó en la Ciudad de Puebla un Programa de Artistas Urbanos (PAU) que implicaba violaciones a derechos humanos y ocasionó fuertes protestas de la comunidad artística, acciones legales y foros de discusión. El programa cambió algunos de sus lineamientos pero siguió en marcha, y fue continuado en 2019 por la administración municipal de MORENA.

Author: ojopinea

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