Pingmar Bergman

Por David Jiménez

El odio a los padres se enraíza en la muerte que encarnan. Pero no hablo de esa muerte ajena que no es nunca la nuestra; sino de la orfandad en la que nos dejan cuando se van, la muerte que precede a nuestra propia muerte y nos hace querer morir, no tener miedo a morir. Por eso uno se crea una imagen fija de los padres, una especie de mito que perdure por generaciones, o por lo menos nuestra vida, para no matarnos. Que nadie olvide a mi padre, fotos, ni al padre de mi padre, fotos enmarcadas, y mucho menos a mi pobre madre, vídeos con handycam; que nadie olvide a los muertos de mi infancia inventada, que invento para no matarme.

En Bergman, imagen y mito se convierten inevitablemente en películas. Sólo así logra preservar el recuerdo de sus padres, aunque sea doloroso, angustiante eterna animación de lo finito, tristeza. Pero no me interesa su punto de vista, su trauma contado en primera persona: las películas que vi para este texto no son dirigidas por él. Me dediqué a ver películas sobre su vida. Así me di cuenta que me interesa más esa relación, la que hay entre su éxito y su fracaso, me interesa Ingmar visto desde los ojos de su amada: me interesa Pingmar.

Liv Ullman nos odia como público porque ama al artista pero odia a la persona. Ella le agregó el Ping a nuestro Ingmar convirtiéndolo en un chillido molesto, como de cerdo; algo que punza sin matar, como ese bello collage de imágenes con que abre el primer filme que rodaron juntos: fragmentos de animaciones, música atonal de fondo, un chivo siendo destazado, una crucifixión, una anciana tumbada en la mesa de una morgue. La cara de Liv proyectada en una pantalla gigante, un niño la toca, toca su máscara, su Persona. Ahí se enamoraron actriz y director: los artistas.

En la obra de Bergman con Liv se muestran varios y hermosos males, pero sólo quiero escribir sobre ese mal, el de un hombre y una mujer cuando se enamoran. No es un 0 ó un 1, tampoco es un 1+1, es un hay brumoso y deforme que por las noches recorre la isla de Bergman, allá en Suecia, donde las cosas perecen de frío.

Ese mal nórdico es diferente al mal mexicano. El mexicano pega duro, tarda en reconciliarse. En cambio, el mal nórdico se repliega y guarda el placer de la venganza para el final. La retrasa todo lo que puede mediante sonrisas, abrazos y una hija; mediante palabras que duelen como patadas en el vientre de la amada, mediante el fogón junto al que la obliga a estar, mediante el camisón en que la obliga a grabar estando a cuarenta grados bajo cero.

¡Cómo sufrimos a los padres! Esa maravillosa maldad íntima que se basa en que adultos neuróticos convivan con niños que aprehenden mejor el mal en la infancia. Sobre todo cuando el padre maltrata a la madre, y nosotros, como niños, no podemos defenderla. Sólo podemos esperar para crecer y hacer películas y odiarnos a nosotros mismos. Pero antes tenemos que pelear para hacer películas, ser violentos, destruir puertas, gritarle a todos y romper todo.

El padre de Ingmar era un pastor que frecuentaba a una prostituta hasta que se enamoró de su madre. Ser un representante de Dios en esta tierra; ese es el dogma que hay que sortear para que el padre libere a la amada y al hijo. Sin embargo, todo se facilita cuando uno se vuelve más violento que el padre: más violento contra menos violento, hasta que el padre tenga miedo del hijo y ceda: Pingman.

Liv admiraba a Ingmar, pero lo odiaba todavía más. Y esa maldad es la que más temo, la que proviene de una violencia tan delicada y tan sutil que casi podría confundirse con amor. Liv supo de la muerte de Ingmar casi proféticamente. Viajó desde los Estados Unidos a Suecia sólo para verlo vivo por última vez, o quizá para verlo morir. Cuando entró en el cuarto, Bergman estaba sentado viendo el mar por la ventana. No se dijeron nada, ella sólo lo acarició. ¿Qué justicia o venganza hay en cortarle la cabeza a alguien, en destazarlo? Ninguna. No es necesario matar para vengarse. La nieve seguirá siendo blanca y la sangre roja. Pero acá, en México, no hay nieve.

-Has de pensar que soy un monstruo, que estoy loca- dice Liv en una entrevista, y se ríe y se ríe-. Pero no, lo que pasa es que Liv padece del mal nórdico: el de la violencia mezclada con amor.

Bergman no dirigió la película que trata sobre sus padres, ni el documental sobre su relación amorosa con Liv. Pero acabo este texto con el sabor amargo en la boca que me da el pensar a Bergman recordando viendo. Un recuerdo animado, reproducible, público, un recuerdo eterno animado de lo finito. De una o varias maldades.

Author: ojopinea

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