Nuestro tiempo

Carlos Reygadas (2018) México

Por Diego Ulises Alonso Pérez

Después de casi seis años de haberse estrenado Post tenebras lux, el cineasta mexicano Carlos Reygadas regresa a las pantallas con su obra más reciente: Nuestro tiempo. Si bien es fácilmente reconocible el estilo reygadiano, hay que decir que éste sufre algunas muy notorias alteraciones en comparación con su obra anterior. Es la primera película de su historial personal plagada de diálogos, pensamientos en voz alta, explicaciones de las situaciones, aclaraciones, comentarios. El habitual silencio de sus obras – aunque también aquí en algunas escenas presente – es sustituido por una vorágine de discursos, cual si las palabras pudieran enlazar, mejor que las imágenes, lo que ahí vemos; cual si el logos cinematográfico requiriera la ayuda del logos discursivo.

Las historias que nos había retratado anteriormente quedaban abiertas a muchas interpretaciones gracias a esos silencios omnipresentes, los cuales podían ser llenados por el espectador o, mucho mejor, simplemente ser contemplados en la belleza de las escenas y la ambigüedad de su significación. En esta ocasión el director arriesga una explicación explícita por medio de palabras que pretenden narrar (además de mostrar) las situaciones que se van desarrollando. La historia es simple y se entrelaza inevitablemente con su filme anterior, pues aún sin hacerlo de manera directa, simbólicamente es muy similar: una familia acomodada vive con sus hijos en el campo, ella (Esther-Natalia López) administra un rancho de toros de lidia – figura icónica de poder y riqueza en muchas películas mexicanas, como en Las poquianchis de Felipe Cazals – y él es un poeta reconocido (Juan-Carlos Reygadas).

Recurrir a las palabras para tratar de explicar lo que pasa y que éstas se entrecrucen con lo que las imágenes nos muestran, lejos de aclararnos la historia, la hace todavía más ambigua. No tengo la más remota idea de cuál era la intención del autor y aquí – como en todas mis interpretaciones de películas – su verdadero “propósito” no tiene, para mí, mucha importancia. Lo que me importa es lo que las películas me hacen sentir y aquello en lo que me hacen pensar. Y Nuestro tiempo me hizo pensar en lo equívoco de nuestro lenguaje, en lo multívoco de nuestras palabras, en lo imposible de traducir con precisión a un lenguaje hablado aquello que uno siente o piensa.

Juan se inventa una narrativa que pretende abarcar lo que Esther siente, piensa, experimenta. Él es el que, con palabras, explica lo que ella está viviendo… la figura masculina que trata de imponerse sobre la femenina. Afortunadamente la película no se queda en una mera interpretación masculina del deseo femenino – aunque sí gire en torno a él – pues gracias a la brillante no-actuación de Esther, esta narrativa dominante se muestra como desfasada, como falsa, justamente, como inventada por él.

Las explicaciones que Juan esboza no pueden delimitar, no pueden abarcar, paradójicamente, no explican lo que ella vive. Las palabras que llenan la película – prioritariamente dichas, escritas o pensadas por él – no pueden decirla. El lenguaje masculino sólo puede, en el mejor de los caso, decir su fracaso al querer someter al lenguaje femenino. Y con masculino y femenino no estoy pensando en hombre o mujer (macho o hembra), sino en un discurso racional que busca explicación y claridad en oposición a un discurso que sin decir dice, que sin mostrar muestra o, mejor dicho, que muestra en su ocultarse.En este sentido Nuestro tiempo es una extraordinaria referencia de nuestra situación contemporánea, pues muestra la crisis del lenguaje masculino que se siente amenazado y pronto a sucumbir, lo que genera inseguridad y patetismo, aquí literalmente mostrados en el protagonista. Eso sí, nuevamente el gran logro de Reygadas es hacer de la naturaleza el personaje principal de sus películas, la cual se deja ver y se oculta en muchas de las escenas más bellas de la película. Pero también ella parece quedar bajo la dominación masculina; la inseguridad se traslada a la naturaleza pretendiendo desplazar la narrativa explicativa de sus palabras a lo misterioso e indescifrable de ella.

El mejor ejemplo de lo que digo se ilustra en la última escena, una de las más bellas, pues al querer retratar la violencia y la lucha que hay en la naturaleza – por cierto, una naturaleza bastante domesticada –, en la lucha que tienen los machos por la primacía y el poder, ella se oculta en el segundo plano, haciéndolo creer que su narrativa es el centro, que es él quien “teje los hilos”, pero es ella la que lo permite; es ella quien en su infinita generosidad  lo deja hacer, es ella que está en el trasfondo, en el aire que se agita, en la niebla que recorre los campos, en los pastizales que verdean, en la lluvia que se precipita; es ella la que posibilita el lenguaje racional, es ella la que posibilita toda explicación aunque se oculte en lo no-dicho: en lo que ni nuestras palabras ni nuestras imágenes pueden alcanzar. Quien escuche y además vea atentamente la naturaleza sabrá que ella es el origen indómito frente al cual, el logos discursivo[1] que occidente se inventó tan sólo se limita a crear narrativas, pero no puede ni podrá abarcar lo misterioso de Ella.


[1] Entiéndase aquí logos en su sentido más general, es decir, como aquello que enlaza. Por eso me es lícito hablar de distintos tipos de logos y habría que osar pensar un logos no racional.

Author: ojopinea

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