Molina’s Ferozz y la trágica vida de sus mujeres perversas

Jorge Molina
Molina´s Ferozz (2010) Cuba

Por Amanda Rosa Pérez Morales 

Los personajes son los siguientes: una familia en uno de los más recónditos campos de Cuba. Abuela paterna, madre (Dolores), padre (Lucio), hija adolescente (Miranda), hijo retrasado mental (fruto del incesto entre el padre y su progenitora). Además, un tío paterno (Inocencio) que estudió para ser cura, pero que abandonó los hábitos para volver con su familia, trabajar la tierra en el campo y continuar llevando una vida monástica. El Cagüeiro. Una caperuza roja.

La trama se torna fácil de narrar: Miranda y Dolores sufren de los constantes abusos de Lucio y su madre. A su vez, el hijo retrasado mental padece el desprecio de su padre –hermano, pero se beneficia de los cariños sexuales que su madre – abuela le proporciona. Un buen día, Lucio muere tras ser obligado por su madre, a penetrar a su esposa de espaldas y sobre una mesa. Desde ahí, el destino de Dolores y Miranda mejora. A pesar de ello, viven las dos apartadas, temiendo que la abuela malvada y enferma las corra de las tierras donde viven, por ser ella la propietaria. Como consecuencia, Inocencio, hermano de Lucio, las protege del desalojo. A todas estas, en la campiña cubana, ronda el Cagüeiro, la figura del Náhuatl de la sierra cubana, quien vuelve inseguro el bosque. 

Miranda y Dolores, temen por el desalojo y el Cagüeiro, mientras que ambas alucinan y desean sexualmente a Inocencio, su protector. Éste, quien se debate entre su afirmado catolicismo y los deseos que siente por Miranda, invoca a las fuerzas oscuras con un ritual de santería afrocubana, va a casa de su madre y la asesina junto a su sobrino – hermano retrasado. Tras la llegada de su sobrina con su caperuza roja, (quien iba a llevarle una cesta de dulces a su abuela), la “viola” repetidas veces y hace que perdiera su virginidad. Al final del filme, Inocencio carga a Miranda, desfallecida luego de varias horas de “violación”, camino a la casa, el único lugar seguro de la campiña. Mientras tanto, el Cagüeiro ronda toda la historia limitándose a  observar lo que ocurre.

Molina’s Ferozz (2010) filme de Jorge Molina, es ya un clásico de las películas marginales de Cuba. Uno de los aspectos que la hace sobresalir entre muchos otros largometrajes del mismo corte en la isla, es el tratamiento de lo femenino. Resaltando de manera exacerbada el cliché de la mujer sufrida y en desventaja no solo ante los otros, sino ante la Naturaleza que la engulle, que se aprovecha de su poca fortaleza para atacarla, nos comunica subterráneamente algo más: la mujer tiene un destino sumamente trágico, porque es bajo esta estructura que puede siempre tener el poder.

Desde obras clásicas como Antígona y Medea, filósofas como María Zambrano y Simone Weil, escritoras como Katherine Mansfield, hasta en personajes como Grace Mulligan, en Dogville, o Molly Bloom, en Ulysses, podemos encontrar cómo el sufrimiento es una vía para obtener lo deseado, dígase de forma material o en forma de venganza. Nunca (o casi nunca) es un sufrimiento que se queda ahí, en la mera angustia ante la fragilidad de la condición femenina, o de la condición humana en general. Sería atrevido hablar de una condición originaria o una predisposición al sufrimiento, por parte del sexo femenino. La vía más común de análisis es adjudicar este padecer al contexto histórico social en el cual se han desenvuelto las mujeres a lo largo de la historia. Las estructuras patriarcales, el machismo instaurado en mayor o menor medida en cada nación, los problemas económicos que implica todo este compendio… Ello ha provocado que como todo animal, la mujer haya buscado la forma de sobrevivir: aprovecharse (y regodearse) de una aparente fragilidad, que garantiza la protección que necesita en un momento determinado. No obstante, la primera idea también sería interesante no dejarla de lado. La predisposición al sufrimiento, o pensar en una condición originaria,  estaría relacionado a factores como la expulsión dolorosa, es decir, con el entender que para la mujer, el hacia afuera trae aparejado dos cosas: dolor y finalidad. La menstruación, el himen, el traspaso de la leche materna por la succión del bebé, el parto, son tres ejemplos que denotan cómo el cuerpo femenino, si se quiere interpretar de esta forma, está marcado por la expulsión dolorosa o incómoda, y de esto, se desprende una bola de nieve que, mezclada con los factores sociales, desembocan en una manera perversa de entender el sufrimiento (consciente o inconsciente) por parte de las féminas: es algo por lo que se debe pasar para llegar a un fin.

Expresar este comportamiento trágico, sea desde una posición radical de empoderamiento, sea a partir del desbordado temor ante todo, al final saca sus garras para conseguir algo. En el caso de la película en cuestión, una frase que podría resumir a la figura de Dolores (que casualmente se llama así) y de Miranda (aquella que es digna de ser admirada) es que utilizan su condición para obtener lo que quieren. En el caso de Dolores, la muerte de su marido le da la oportunidad de poderse ofrecer a Inocencio, alegando estar sola, desesperada y temerosa del futuro. Como parte estratégica de su seducción, está su hija Miranda, de quien la madre sabe sus deseos por el tío y que dan otra razón más para la permanencia casi diaria de Inocencio en la casa de las dos mujeres. Si no funcionan las constantes insinuaciones de ella (mostrarle los senos, sacarse una guayaba que guarda cerca de su vagina, pedirle que la bese por la precaria situación en la que se encuentra), estará su hija, quien se lava el cuerpo delante de él, sale desnuda del río para que la observe, además de que transpira unos deseos incontrolables de perder la virginidad. 

La iluminación de la película delata el hecho. A las dos mujeres,  la tonalidad ocre las acompañan a lo largo del largometraje. En el caso de Inocencio, la luz lo inunda constantemente, excepto en aquellos momentos en que se debate entre mantener su calma monástica o lanzarse a desvirgar a su sobrina; entonces todo se torna oscuro y rojo. Otro elemento con el que juega Molina, es con la culpa. El director quiere hacer sentir al espectador (aparentemente) que las protagonistas de la historia no son más que aquello que se constituye bajo la mirada de los otros: ante Lucio y la abuela, son objetos de deseo y desprecio, receptáculos de semen, “calienturientas” que se hacen las “moscas muertas”. Bajo la mirada de Inocencio, dos seres incapaces de valerse por sí solas. Pero mientras esto ocurre, se siente la perversidad de cada una de ellas, quienes entre sollozos, disfrutan de las “violaciones”, de la zoofilia y de los maltratos. Dolores goza en la mesa cuando la están “forzando” a tener sexo. Miranda goza cuando la abuela la nalguea repetidas veces, al atraparla gimiendo mientras su perro cachorro le practicaba sexo oral. Y también goza Miranda, en tanto que su tío la “viola”, al punto de que toma ella el control del coito. Las las vegaciones, las aberraciones, los insultos etc., son interpretados como tales bajo la mirada machista que le niega al cuerpo femenino la capacidad del erotismo; pero bajo la óptica de los personajes femeninos son, perversamente, acciones que posibilitan la futura obtención de algo, entendiendo también por obtención, ser exoneradas de todo remordimiento por el disfrute.

Todo el tiempo está presente el llanto, la tristeza, la vaga esperanza de mejorar, siempre la angustia ante un destino que se les torna imposible de cambiar debido a su fragilidad, pero que al final las satisface. Otra luz interesante respecto a la posibilidad del sufrimiento reconfortante femenino y la imposibilidad de esto bajo el sexo opuesto, es la abuela malvada. Jorge Molina escoge a un actor (Francisco García) para representarla y visiblemente deja que el espectador sepa que es un hombre. De esta forma, el juego de los dos sexos se resume a lo siguiente: solo las mujeres sufren y ganan. Solo los hombres abusan y pierden. Los hombres obtienen lo deseado a partir de la transfiguración en algo más, dígase, a partir de un trance de santería, dígase a partir del abuso, de ser un retrasado mental no consciente de su condición, dígase a través de travestismo. Las mujeres, obtienen lo deseado a través de su condición de desfavorecidas, lo cual representa en el fondo no fragilidad exclusivamente femenina, sino una forma determinada de existir, de esperimentar el cuerpo propio y enfrentarse al mundo. 

Bajo una estética que nos recuerda a La Bestia de Borowczky, se construye esta mirada del cuento de Perrault, donde la adolescente de la caperuza roja no teme el encuentro fatídico, más bien conoce lo que ocurrirá y lo desea y saborea porque sabe que no tendrá que preocuparse por la culpa, ni tendrá conflictos morales. Con esto, el estereotipo de la fémina trágica, sufrida, se legitima bajo una forma perversamente feliz. La mujer, entre todos sus devenires, representa igualmente su cliché. Y eso es, también, algo bello. Es algo maravilloso. Es algo digno de admirar.

Author: ojopinea

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