Nocturnal Animals (2016)

Tom Ford
EU
Por Vanessa Huerta Donado

Tanto en A single man como en Nocturnal Animals hay un culto involuntario a la superficie que fascina. Un modisto de Gucci que pretende ser director de cine. Pretender, sí, tomarse en serio a sí mismo, fruncir el ceño y embarcarse en nueva empresa herramienta en mano. Creérsela, pues. Y Tom Ford lo hace muy bien: piensa que su pulso firme para el trazo y su buen ojo para el corte bastan para contar una historia. Sin embargo, en sus dos filmes la narración es opacada por la búsqueda de perfección, lo personajes se pierden en el glamour de los vestuarios y la trama se disuelve en escenografías inhabitables. Nada está hecho de carne real: todo encaja, todo huele a perfume caro, ropa fina, rigor mortis.

Ni siquiera la carga previa de Arrival salva a Amy Adams de convertirse en una pieza decorativa envuelta en un fantástico vestido verde. Esa es precisamente la virtud del modisto: transformar a una profesora promedio -y a una actriz bastante maternal- en una belleza vampírica con cabellos de fuego. Pero el secreto de esta transformación no reside en la construcción de un personaje complejo. Susan carece de ese núcleo palpitante que por momentos parece proyectar. No tiene centro, es pura exterioridad. Una saturación de gestos y poses que dan como resultado la imagen-collage de una femme fatal.

A diferencia de Adams, que repite el ademán hasta lograr credibilidad, Aaron Taylor-Johnson dona su cuerpo para dar vida a una fuerza psicópata destructiva que lo posee hasta el punto de la excreción. Él no proyecta, encarna. Su personaje lo lleva a tocar el fondo incontrolable de los flujos básicos del cuerpo humano: sangre, saliva, lágrimas, hedor. En el cine comercial pocas veces sucede la encarnación, pero cuando sucede, el director debería dejar su papel de capataz para convertirse en un perro guardián que custodie el recinto donde el arte acontece. Sin embargo, Ford no sabe que hacer con los excesos del cuerpo, y antes de permitirse perder el control, procede a cortar la toma en la que el villano eructa sin control: ¡el estilo! ¡No hay que perder el estilo!

En una de las últimas escenas de Viridiana (Buñuel, 1961), un retrasado mental y un rengo intentan violar a la monja (Silvia Pinal) que días antes los había acogido en su casa como gesto de caridad. Durante el rodaje de esta bajeza, la mierda ensucia la toma también en sentido literal. Silvia Pinal cuenta que Buñuel había empleado locos y mendigos reales en lugar de actores, y que uno de ellos terminó cagándose durante el rodaje, embadurnando con sus tirantes sucios a todos los presentes. Viridiana, la santa, la inmaculada cubierta por la mierda de un hombre vil. Nada más subversivo y más peformativo al mismo tiempo. Arte puro, Palma de oro, prohibición absoluta en la España franquista. A pesar de tener encima las miradas desconcertadas de los actores reales, Buñuel se negó a detener la grabación.

Pero como lo que importa en el mundo de la alta costura es el trazo limpio y el encuadre perfecto, la parte dramática tiene que regularse para que no termine salpicando con mierda humana nuestro desfile de modas. Por eso cuando Ford se permite integrar el cuerpo con todos y sus elementos escatológicos, lo hace siempre detrás de una vitrina que aísla los humores y los transforma en objeto de contemplación. La historia de amor y venganza entre Susan y Edward apenas nos toca porque entre ellos y nosotros hay un cristal/pantalla que nos convierte en dignos espectadores de museo. Al igual que los asistentes de una exposición de arte contemporáneo, estamos exculpados del morbo que despierta la desnudez del cuerpo obeso, de la vergüenza ante esa otra objetivación de la mujer, de la indiscreción que se comete al esculcar entre los pliegues de su carne.

Así comienza el filme, prometiendo mucho y arriesgando poco. Quizá por ello es imposible de ver dos veces.

Author: ojopinea

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