Hilando un futuro narrativo

Escena de la película Tu nombre

Tu nombre (2016)
Kimi no na nawa
Makoto Shinka
Japón
Zvezda Ninel Castillo

¿Qué hay de extraordinario en otra historia de providenciales adolescentes intercambiando cuerpos y a travesando los márgenes de la normalidad para salvarlos a todos?
Argumentalmente, la película que el año pasado conquistó records ordinariamente destinados a los altos mandos de la animación nipona no es algo nuevo bajo el sol de oriente. Decenas de historias ligeras usan el friki-friday para abordar la empatía, los roles de género y las normas de convivencia; el Slice of Life es una categoría bien conocida desde los 70´s; los temores apocalípticos y el buscado retorno a la identidad nacional son pan de cada día desde que el manga existe; y –como señaló el director del Festival Internacional de Cine de Tokio, Yoshihiko Yatabe- demasiadas heroínas se pasean ya entre cielos azules y nubes esponjosas con sus faldas escolares. Sin embargo, lo trillado de los elementos no resta méritos a Kimi no na wa, porque su valor narrativo y su poder de convocatoria no dependen de lo inédito de sus piezas, sino de la particular manera en la que se componen como un todo significativo: como una historia de amor que actualiza los núcleos filosóficos de la tradición en un tiempo disgregado y de barreras comunicativas que exige un reacomodo en los hilos de las relaciones humanas. No es, ni de cerca, la obra cumbre del Japón animado, pero sí es una joya visual y temáticamente sólida con la que Makoto Shinkai se probó a sí mismo como un maestro estratega en la batalla que actualmente están librando los creadores orientales más reflexivos que quieren dar alas del tamaño del orbe a sus obras, pero sin traicionar su ansias de rebeldía contra el estancamiento artístico-social que genera la cultura del consumo globalizado que se expresa tan fuertemente en el fenómeno Otaku.
Desde el momento de su lanzamiento, Tu nombre ha caminado de premiación a premiación entre palmas y elogios (el único símbolo de estatus que se le ha negado de entre todos a los que ha aspirado, fue la nominación al Oscar en animación –y eso es algo que celebro porque estoy harta de la obsesión con la validación Hollywoodense en una categoría en la que los jueces mismos han declarado ni siquiera ver las películas). Parece tenerlo todo a su favor: tiene el respeto general de las instituciones y la gente, no hay detractor con posibilidad alguna de hacerle más que cosquillas y su gran narrativa parece haber penetrado -al menos a nivel emocional- en las grandes audiencias. Pero, ¿es prudente fiarse de estas reacciones cuando al fondo de todo y tan marcadamente están la oferta y la demanda? ¿Puede creerse en este proclamado amor por la película cuando los que la están juzgando son los sujetos consumidores de la posmodernidad?
La fascinación por este romance de corte sekai-kei (“mundo-tipo”, neo género centrado en una pareja con un poder que la hace la fuerza motora de los eventos de un mundo circundante en crisis) bien puede ser la fugaz sonrisa de sociedades dispersas que aceptan gozosas y livianas la propuesta dulce, bella y entretenida de una historia que hoy ven tan profunda como divertida, pero que mañana olvidaran.
Palmas y elogios no son sinónimos de comprensión y respeto. Ni siquiera los creadores “nivel dios” como Hayao Miyazaki se libran al cien por ciento de la compra-venta banal. No pocos de los que, de este lado del mundo, califican sus obras diciendo “hermosas” comprenden sólo a medias lo visto y se guardan –por buenos negociadores y políticamente correctos- en el fondo de su expresión un “exóticas” peligrosamente similar al de un conquistador del XVI frente a un desfile de mulatas, oro y guacamayas, o al de los yanquis “buena onda” piropeando “mujeres de confort” después de Hiroshima y Nagasaki.

Por aceptada que hoy se perciba esta última obra de Makoto Shinkai, no deja ser un producto pop caminando sobre la delicada línea entre lo genuinamente artístico y lo meramente consumible. Su lugar dentro de la historia cultural no puede configurase por completo en este momento porque el momento posmoderno es frágil y confuso. Inevitablemente avanza por la vía de lo cuestionado, y su lucha por la validación tiene la complicación extra de que proviene de una industria que tiene orbitando a su alrededor a la muy problemática y vituperada subcultura otaku, y de que nació en un país complicadamente posmoderno. Japón y sus igualmente globalizados compañeros de juego del G8, tienen una relación de amor-odio que se deja sentir en todos sus tratos: aunque le compran modas, tecnologías y modelos empresariales, son muy taimados cuando se trata de permitirle la entrada a sus trabajos filosóficos y culturales, los dejan pasar pero no por la libre, porque una parte de ellos sigue temiéndole a este perdedor de la Segunda Guerra Mundial; las cosas habrán cambiado bastante desde el 59, pero no por eso olvidan que en ese año Kojeve aseguró que el esnobismo japonés es mejor constatación del animal-humano de la posthistoria que el consumidor del american-way, y que tarde o temprano todos podían terminar japonizados.
Un signo inequívoco de que el entusiasmo con el que Kimi no na wa fue acogido en Occidente no está libre de afectadas reservas y de una incomprensión de fondo, lo podemos identificar en las dos cosas que fueron más enfatizadas por la prensa al hablar de la película: lo exitosa que es y la idea de que Makoto Shinkai es “el nuevo Miyazaki”.
Personalmente encuentro indígnate (y algo racista) que más de un siglo de animación japonesa, de una industria que produce anualmente miles de contenidos, sea ignorado por “profesionales” que no se toman la molestia de desquitar su salario investigando para ir más allá de un comentario sobre dinero y Miyazaki. Hay por ahí circulando alguna que otra buena reseña, pero en su mayoría, los comentarios emitidos parecían haber sido pedidos al por mayor por la toda poderosa palabra de lo comercialmente aceptable. Desde la ignorancia y enfatizando lo insustancial, le dieron calificaciones automáticamente altísimas a esta película cuyos méritos fílmicos y narrativos no parecen haber analizado, porque su preocupación no era realmente el valor artístico sino la consigna mercadotécnica de que los dibujitos japoneses vendan bien –pero dentro del corral- y de que la gente los relacione con un artista al que ya están acostumbrados.
Entre los fieles parroquianos de las tiendas de comics, revistas, comunidades y páginas de internet especializadas, esa reducción tiene efectos dispares y generalmente inofensivos: los geeks juiciosos simplemente la ignoran y hacen sus propias revisiones de la película, mientras que los pro-antis (hastiados neerds de corazón frío y desdén hipsterizado que se hacen los listos tildando de sobrevalorada y moda de un día a una historia que no han visto) sólo se cuelgan de ella por un rato para tirar mala leche. Lo negativo de ese enfoque mediático se percibe más bien entre los fanáticos corte otaku –que saben todo y nada del anime- y el público carente de puntos de referencia que va a ver la película sólo por las calificaciones, pues en ambos se inserta o exacerba la obsesión con los criterios de valor banales o mal entendidos, y esto afecta gravemente su gusto y su capacidad de interpretación. El punto de venta para la mayoría de las personas en esos dos sectores opuestos fue la comparación con Miyazaki, un director magnifico y raro –aunque no al grado de ser el único punto luminoso en el horizonte- entre miles de enajenados que viven para vender y consumir, y cuyo nombre, irónicamente, está siendo utilizado como etiqueta fetiche dirigida precisamente a esos enajenados.

Author: ojopinea

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