Te prometo anarquía

Julio Hernández Cordón

México

2016

Por Ricardo Hernández

En el 2016 Te prometo anarquía fue la cinta mexicana más vista en la Cineteca Nacional con 10,895 boletos vendidos. Desde ahora, vía su exhibición en pequeñas salas de cine, la difusión online y los DVD piratas, seguramente se convertirá en una cinta de culto para las generaciones jóvenes.

El largometraje nos presenta, quizás, los últimos días de una relación amorosa entre dos amigos que viven en la Ciudad de México. Miguel es un joven de clase media que se la vive haciendo negocios, consiguiendo gente para que done sangre de manera ilegal, y patinando. Johnny trabaja como encargado en una cancha de frontón y también vive patinando. Ambos rondarán los 20 años de edad.

El director tomó el título de la película de un blog de poesía y me parece una elección provocadora. México es un país que se ha acostumbrado a vivir en la desigualdad económica, una mayoría pobre y una minoría rica. Y bajo esa lógica hay muchos contratos silenciosos que no se transgreden de manera convencional.

Johnny es hijo de la trabajadora doméstica que labora en casa de Miguel, y no, no es como en algunas telenovelas donde la ayudanta sueña con enamorar al joven patrón para así ascender su nivel socioeconómico, no, aquí es Miguel quien hace el esfuerzo mayor por estar junto a Johnny. Para aderezar la historia Johnny además tiene una novia, situación que molesta a Miguel pero no lo aparta, los celos mueven el cuerpo de Miguel y reacciona cabizbajo ante la imposibilidad de ser el único. 

La “diversidad sexual”, cada vez gana más derechos constitucionales, claro que eso no implica que a nivel de cancha se genere un ambiente amigable para todos. De hecho, más allá de las leyes, seguimos manteniendo ciertas ideas heredadas fuera de debate, como por ejemplo la asociación de homosexualidad con cobardía. Tradicionalmente la sola idea del sexo anal pondría a los varones en una situación de máxima vulnerabilidad.

Dice Paul B. Preciado en el texto Terror Anal: “Cierra el ano y serás propietario, tendrás mujer, hijos, objetos, tendrás patria. A partir de ahora serás el amo de tu identidad”. El régimen que se quebrantaría, desde cierta homosexualidad, es entonces el de la identidad, esa obstinada narrativa que el sujeto se empeña en mantener y así mantiene también al sistema de relaciones vigente.

Los protagonistas de Te prometo anarquía experimentan un tipo de relación cercana a lo denominado generalmente como gay, aún así, como en la mayoría de lugares de México, siguen utilizando en su discurso palabras como joto y puto para insultar al otro. De la misma manera al recibirlas se sienten ofendidos vigorosamente, hay una suerte de homofobia omnipresente. Al parecer es gran desafío al sistema no rendir tributo al orden heteronormativo y por eso recurren a ciertas frases como protección, imprecar vía la palabra puto adquiere la condición de ojo de venado. 

En el trayecto final de la cinta se decantarán dos posiciones diferentes, más allá de la compartida preferencia sexual, uno de los jóvenes apuesta por reventar la lógica de la identidad que hasta ese momento medio procuraba y el otro cae en una melancolía desde la que pareciera extrañar la promesa, no sólo de su amigo, si no del discurso heteronormativo de un futuro en pareja, de un futuro. 

No intento exponer aquí que la homosexualidad, como si hubiera una sola, sea el único medio para salirse de la lógica de la norma, del discurso común, de los objetivos de la sociedad, del deber ser…. Lo que intento rescatar es la manera, azarosa o intencional, en que el director nos presenta un momento, un par de días, en la vida de un joven que va desamarrando nudos, vínculos simbólicos que mantenía con otras personas y se va rodando.

Una de las etimologías para anarquía sugiere que el prefijo an aludiría a la negación y arqui se referiría a mandar, la anarquía en la cinta se presenta de manera privilegiada en el escape que uno de los amigos hace del gobierno de lo simbólico.

La pregunta, a partir de lo dicho, sería: ¿Para qué querría alguien intentar escapar de la identidad (del registro imaginario)? La respuesta es incierta. 

Me parece que uno de los recorridos, en la película, se acerca a lo que Lee Edelman en su libro No al futuro expone como queerness: “…la queeridad de la que yo hablo nos separaría deliberadamente de nosotros mismos, de la seguridad de conocernos a nosotros mismos y por tanto conocer nuestro <<bien>>.”

Hay entonces dos grandes recorridos, por un lado al trayecto queer en tanto subversivo y por otro el suave desplazamiento de los jóvenes patinetos por mercados, plazas, el metro, calles y carreteras. Este ritmo delicado, con el que vemos a los patinadores, contrasta con los sentimientos en juego de los amantes, nada sosegados. 

Es muchas veces el camino el espacio elegido por el director para que escuchemos la banda sonora. El soundtrack no es cosa menor en esta película, si bien el director ha dicho que se basó en su hermano para armar la historia, al menos un par de canciones podría fungir también como guion cinematográfico, sus letras se vinculan inevitablemente con los destinos de los protagonistas y proponen una cadencia específica para la cámara.

    Tugboat de Galaxie 500 y The sun deBaxter Dury.

    La música como errancia.

La patineta y una pipa son los vehículos a los que reiteradamente nos lleva el director. Johnny vive en el contenedor de una pipa estacionada, es un vehículo que no lleva a ningún lado pero su interior sirve para juntar a los amantes, de hecho con la imagen de esa pipa inicia la película, en una calle solitaria. Johnny sale de la pipa y se queja con Miguel por haber revelado su relación amorosa, supuesto secreto.

A la tirantez que vive la pareja de amigos se agregará, en el tramo final de la película, un encuentro con unos jóvenes narcotraficantes que van originalmente en busca de donadores de sangre, pero a la postre cometerán un crimen tan grave que hará huir a Johnny y Miguel.

El narco ha inundado nuestras vidas de distintas maneras, no quiero abundar, pero siento que el director logra presentar al negocio y sus efectos como lo experimentamos a diario, siempre junto a nosotros, siempre letal e insondable.

Si bien la droga favorita de Johnny no pasa por el negocio de los narcotraficantes, porque los inhalantes (activo/mona) se consiguen en las ferreterías, está dentro del juego de las drogas, como lo está la mayoría de la población actual, en todas las clases sociales hay sustancias que nos estimulan de alguna manera, algunas son bien vistas y otras repudiadas.

La mona de Johnny es la droga de los pobres, durante toda la película veremos la mala salud de uno de sus amigos que suponemos le pega al activo sabroso y no se alimenta bien. Es un vendedor del metro que constantemente está desmayándose. En algún momento alguien dice sobre éste joven: “¿Qué lo sacaste de Los olvidados o ya los venden en patineta?”.

La cinta no busca hacer juicios de valor, creo que el director tiene buen oído para agarrar las preguntas de los jóvenes y hace un esfuerzo por ponerlas en la pantalla. Me quedo pensando en las misteriosas decisiones que la crueldad cotidiana motiva en algunos sujetos, que a contrapelo de “lo esperado”, que sería buscar refugio en las relaciones sociales, desaparecen. 

Es interesante ver cómo el amigo que sigue enamorado, aquél que recuerda los buenos momentos y anhela el regreso es un personaje al que estamos acostumbrados, y de hecho nos produce simpatía su situación. No es fácil sentir simpatía por aquél que escupe en nuestras “mejores prácticas”.

Habrá que seguir el fructífero trabajo de Hernández Cordón, quien ya está estrenando en festivales la película Atrás hay relámpagos, rodada en Costa Rica y está finalizando Ojalá el sol me esconda, filmada en Guatemala, tierra del director.

“Fuego.

Gritos.

Tantas muertes y cada viernes en las noches volvemos a marcarnos.

Para decirnos mentiras vivas.

Que piden leche.

 Piden pan.

Piden que las arrulles hasta caer dormidas.”     

Ashauri

Author: ojopinea

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