Nota editorial

Un día de julio de 1927, en el zoológico de Londres, George Bataille quedó cautivado con la desnudez de la protuberancia anal de un simio hasta sumergirse, confiesa, en una especie de embrutecimiento extático. En abril de ese mismo año, probablemente en Tübingen, se acababan de imprimir los 28 pliegos de lo que pasará a la historia como una de las obras filosóficas más importantes del siglo XX: Ser y tiempo. Por improbable que parezca, entre un acontecimiento y otro hay algo en común: el ojo.

El ojo es el órgano más recurrente a lo largo de la historia de la filosofía. Desde Platón se considera la visión como el modelo general de la percepción y como medida para todos los demás sentidos. Pero el espectador es capaz de ver porque hay luz, es decir, porque existe un tercer elemento que ilumina el campo de visión y al ojo mismo. En lugares como la República (VII) y el Timeo este elemento es identificado con la metáfora de un sol tórrido y cegador, gracias al cual es posible ver y que algo sea visto.

Sin embargo, los ojos humanos son incapaces de contemplar directamente esta fuente de luminosidad. Ante la brillantez propia de lo divino, vuelven la mirada hacia el suelo un tanto deslumbrados y aturdidos. Los ojos humanos no soportan el sol, ni el coito, ni el cuerpo desnudo de un otro. Frente a un espectáculo sublime, la vista se nubla, los ojos pierden su perfecto paralelismo y terminan por salirse de sus órbitas craneales.

Contra la hegemonía del órgano platónico, Heidegger levanta la mano ciega, la mano que a tientas, se convierte en la antena del ser. A pesar de su perturbador parecido con la mano del simio, la mano de Heidegger se ha liberado de la necesidad biológica para convertirse en contraórgano del ojo. No ve, no conoce, no capta pero transita libremente en la dimensión del sentido cuando señala con el dedo, cuando traza el más primitivo gesto del saludo, o cuando estrecha otra mano en señal de paz. Sin embargo, la mano de Heidegger es célibe; incapaz de la caricia y la masturbación.

Bataille en cambio –inspirado en Ser y tiempo, pero infringiéndolo al mismo tiempo –, opta por construir un significado excepcional del ojo. Partiendo del mismo acto de mirar, delinea los contornos de un tercer ojo; un ojo extraordinario capaz de ver de frente al sol. Se trata del ojo pineal que corresponde a la revelación anal en aquel zoológico de Londres. Si la boca es el principio de sentido por medio de las palabras que convoca; por el ano , ese sol obscuro previo a la distinción entre placer masculino y femenino­, comienza la búsqueda de los límites de la experiencia humana. Hurgar en las regiones más recónditas del alma, en aquellas zonas aún insospechadas para los que habitan bajo el sol de mediodía, es una empresa equiparable en obscenidad tan solo a la del orificio excremencial expuesto de un animal no erguido.

Pero el ojo pineal de Bataille todavía se encuentra atado a las cuencas de un sujeto particular. Carece de movilidad; sigue siendo incapaz de pasar de la oscuridad de su reino a la claridad y viceversa. Quizá solo el exceso de la mirada que da la cámara filmográfica es capaz de convertir al ojopineal en un contraórgano libre. Quizá solo el cine nos ofrece una visión panóptica por exceso de proximidad y de lejanía. Es como tener mil y un ojos a la vez. Poligamia ocular la del lente que nos hacer entender por medio de la vista.

Author: ojopinea

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