La deshumanización del Stormtrooper.

Por Alberto Gómez

El casco del Stormtrooper es, sin duda alguna, una de las figuras de la cultura pop más importantes de todos los tiempos, por años ha plagado las estanterías de jugueterías a lo largo del mundo y, junto con el casco de Darth Vader, representa uno de los iconos más reconocibles de toda la saga galáctica. Sin embargo, no fue hasta el año 2015, con el lanzamiento del séptimo episodio de la franquicia The Force Awakens, que vimos en la gran pantalla la cara de uno de los miembros del malévolo ejército que tantos problemas les dieron a los personajes de la trilogía original. Pero es en ese no mirar de las expresiones de los soldados que algo fuera de nuestro alcance se gesta, las muertes y vidas de los “malvados” Stormtroopers nos pasan como una corriente de aire poco relevante, nos da igual. Contemplamos la banalidad del mal.


El concepto de “Banalidad del mal” es acuñado por la escritora política Hannah Arendt, pensadora fundamental para entender el siglo XX. Basándose en el registro del juicio contra Adolf Eichmann -hombre responsable de la deportación de cientos de miles de judíos hacia los campos de concentración- la autora alemana crea este término que se hace famoso específicamente por distinguir la estupidez de la ausencia de pensamiento, que habría caracterizado de especial forma la actitud y modos de Eichmann. El pensamiento de Arendt es una constante lucha contra el estado totalitario el cual encuentra, según la autora, su máxima expresión en el nazismo. Pues éste no sólo se contentaba con la dominación de las mentes, sino con la destrucción de las mismas, la cual se manifiesta en la ausencia de reflexión. Es aquí donde el Stormtropper entra. Éste es un ser sin rostro ni voz, no tiene consciencia de la gran guerra que se desarrolla a su alrededor. Tal es el caso que, de mano de la trilogía original, jamás sabemos si los soldados de asalto han entrado a la guerra por voluntad propia o no son relevantes en el mar de caos que ocurre alrededor de ellos. Se mantienen en silencio a menos que sea para dar órdenes militares o gritar cuando mueren.


Y es justo en ese silencio donde se manifiesta la banalidad del mal. El estado totalitario al que tanto temía Arendt, y contra el que lucho toda su vida, se ve reflejado en las cintas adoptando la forma del Imperio Galáctico, que ha suprimido la capacidad de pensamiento dentro de cada soldado que conforma su gendarme, llevándolos a realizar acciones tales como la erradicación de planetas y aldeas enteras sin cuestionar por un sólo instante lo que están haciendo, la destrucción de la mente de grandes masas se hace realidad en la ópera espacial creada por George Lucas. Sin embargo lo banal/regular del mal no se queda exclusivamente en el poder que el imperio ejerce sobre sus soldados, traspasa la pantalla y llega a nosotros, la audiencia, que podríamos sentir pena y tristeza por los miembros de la alianza rebelde que mueren alrededor de la saga. Sin embargo somos incapaces de sentirnos mal por la muerte de los múltiples Stormtroopers, pero, al igual que Eichmann, los soldados del imperio no son ni seres diabólicos ni seres sádicos que disfrutan ver a los demás sufrir, sino hombres detrás de dos cascos: el primero es el que utilizan como uniforme diario, el segundo -que Lucas les ha impuesto- un casco que evita que los espectadores lamenten su muerte, que la violencia ejercida tanto por ellos como la que reciben se vea normalizada, y perdamos la capacidad de ponernos en sus zapatos. Los zapatos de soldados que han sido mandados a una guerra en la que no decidieron estar en un primer lugar.


El guion escrito por Lucas no nos permite -ni debe permitirnos- sentir empatía por aquellos malévolos militares que no pueden acertar jamás sus tiros, debemos mantenernos al borde del asiento extasiados por las aventuras de los tipos buenos, no hay por qué preocuparnos por aquellos que únicamente han entrado a la guerra siguiendo órdenes. Pero la deshumanización del soldado no se da únicamente en la ópera prima de Lucas, el cine de acción se ve plagado de violencia hacia los tipos malos, violencia que no es problema para nosotros siempre y cuando no apunte hacia el bueno de la película. El film hace de los lacayos del villano extensiones del villano, los convierte, si bien no en monstruos sádicos, sí en seres sin personalidad ni historia. Los presenta como unidad hasta que llegue el momento en que su derrota nos alegre y haga sentir alivio porque ya no están ahí. Es así como viven y mueren aquellos soldados cuyo rostro nunca vemos, pero cuyo casco blanco y negro observamos siempre.

Author: ojopinea

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