Nota editorial

En los mares del Pacífico y el Índico habita la gamba mantis, un crustáceo que puede dar golpes a la velocidad de una bala calibre 22, generar burbujas de cavitación que implosionan al lado de sus presas, construir fortalezas de coral, y ver su submarina cotidianeidad a través de un excepcional par de ojos de movimiento independiente y visión trinocular con células fotorreceptoras que perciben doce canales de color del espectro electromagnético y lo aíslan de cuatro formas distintas; órganos que experencían la luz de formas inalcanzables para nuestros binoculares ojos de homo sapiens que en sus 565 millones de años de evolución han desarrollado sólo tres tipos diferentes de conos que perciben los canales amarillo, rojo y azul del espectro.

¿Cómo es el mundo de una gamba con ese poder visual que surca la luz más asombrosamente que sus ganchos con fuerza de revólver atravesando el agua? ¿Qué secretos de la naturaleza se colorean sólo para este stomatopodo?

Si hay personas con sinestesia –como fue el caso del compositor Frank Liszt- capaces de ver la música porque canalizan la información sensorial de forma distinta, ¿por qué los doce conos y cuatro bastones de una gamba no podrían ver también el color de la música, o del amor, o de una mentira, o de la tierra que se cimbra con ínfima suavidad porque a 300 kilómetros hay un temblor?


Si con los tres colores que captan nuestros humanos globos obtenemos la base sensible con la que componemos el “rosa mexicano” con el que Miguel Alemán y Ramón Valdosiera diseñaron la propaganda de identidad nacional del México Moderno; o el “púrpura de Tiro” de las vestimentas de eclesiásticos, reyes, Helena de Troya, Amilcar Barca, Salomón y Prince; o el cerúlea con el que Meryl Streep explica, en la película El diablo viste de Prada, el dominio que los creadores de la moda tienen sobre individuos ignorantes de los hilos de poder de una industria mundana; ¿por qué no habría de ser cierta la elogiosa suposición que hizo el portal The Oatmeal de que la gamba no sólo puede ver esos emblemáticos rosas, purpuras o azules, sino que “donde nosotros vemos un arcoíris ella ve una bomba termonuclear de luz y belleza”?

Ojos tan asombrosos disparan la imaginación y cierto respeto porque poder y mirada son nociones inseparables.

Se encomienda a dios que vea por los seres queridos o sea piadoso al mirar el alma porque su ojo panóptico es expresión de su omnipotencia. El “ojo sin parpados de Sauron es el signo de su maligno dominio en El señor de los anillos. La obra filosófica de Michel Foucault aborda el ejercicio del poder inspeccionando  la historia de la vigilante mirada de las instituciones y las trampas de la visibilidad. Los poderosos ven algo que los otros no (un secreto, una estructura, un camino, una idea). El cine es un poder porque es ojo, el ojo en la materia, ojo-cámara, el Kino Glaz de Vertov que puede manifestar lo oculto, clarificar lo confuso y trascender los límites espacio-temporales; el ojo que no es puro órgano.

Aún en los reinos animales en donde la intencionalidad y la conciencia no se juegan, la mirada no es llana recepción sensible. La especulación de The Outmeal es bonita pero apresurada: la gamba penetra en más aspectos del espectro cromático, pero no necesariamente puede procesar esos estímulos para generar una distinción mayor que la de los humanos. Varios experimentos han mostrado que no tiene inclinaciones particulares por los distintos tonos de naranja. Tal vez sea porque, como algunos proponen, analiza las respuestas de sus receptores siguiendo un patrón parecido al que usan los oídos; o quizás se debe a que su multifacético carácter (algunas gambas son apodadas “raja dedos” porque sin ton ni son han roto falanges de quienes se les atraviesan, mientras que otras son juguetonas y curiosas) se rehúsa a responder a la rigurosidad de un control experimental; o puede que, como el hipnosapo de la serie Futurama que puede controlar mentes y no hace más que buscar ser adorado como bello, tenga la potencia para distinguir pero no le interesa ejercerla más que para el humilde propósito de comer lo que le gusta. Pero la hipótesis más verosímil es que no puede lidiar bien con el naranja porque, aunque tiene las llaves físicas para el espectro ultravioleta, su red neuronal no tiene la complejidad necesaria para categorizar la multitud de información que recibe. Como las masas en esta sociedad hiper-visual, recibe tantos estímulos que no puede agruparlos y configurar algo complejo.

El homo videns actuando como si fuera imposible descifrar las claves del poder que atraviesa sus vidas, aun cuando los más poderosos de sus medios, como el cine, logran introducir esas claves tanto en sus discursos más elevados como en sus manifestaciones más populares, es la muestra de que la invisibilidad de nuestros tiempos es la confusión de la sobreexposición y  de que es posible ser tan visual que se es ciego.

Cuando el poeta John Milton perdió la vista (al igual que su héroe, Galileo) no pudo dejar de escribir sobre el profundo dolor que le causaba esa oscuridad que sentía como un castigo por alguna profunda falta, pero aun así no dejó de reconocer que la videncia sustancial no está en los ojos sino en la comprensión, así como tampoco dejó de reclamar a los dueños del poder por socavar los destinos conjuntos al obstruir esa mirada de las masas:

“A aquellos que han apagado los ojos del pueblo, reprochadles su ceguera”

¿Cómo le reprochamos al pueblo que es responsable de su propia ceguera?

¿Desdeñando sus errores?, ¿Haciendo estudios que con suerte alguien llegará a leer algún día?, ¿Educándolo?, ¿Hablándole?…

Nosotros no tenemos respuestas, sólo tenemos pasiones convertidas en esfuerzos, pasiones como nuestro amor por el cine que tal vez ayude a alguien a ver más.

Author: ojopinea

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