Insania

Jan Švankmajer
Šílení(2005) Checoslovaquia

Por Diego Ulises Alonso Pérez

La película inicia con un prólogo en el que el director aparece y nos explica sus motivos – lo que en cierto sentido me pareció superfluo e innecesario, cual si su intención fuese evitar algún tipo de mal entendido, cual si uno fuese capaz de explicar con palabras lo que se ha puesto en imágenes –. Ciertamente es lo que hacemos en esta revista, poner en palabras lo que nos han provocado las escenas, pero, al menos en mi caso, nunca pretendiendo explicar los motivos reales del artista. ¿Qué diablos podría querer decir eso? Como sea, lo que el director pone en cuestión es un debate ideológico: un manicomio manejado desde la extrema libertad o desde la extrema represión. Cualquiera de las dos opciones con sus funestas consecuencias. Y nos sugiere una tercera, una que es capaz de sintetizar lo peor de cada sistema, esa es nuestra sociedad[1]. Y si nuestra sociedad es capaz de fusionar lo peor de ambos sistemas es justamente por la ingenuidad de sus pacientes, quienes dócil y mansamente somos sometidos a estructuras de poder que parecieran venir de ningún lado y ante las que pareciera imposible hacer algo o, peor aún, como sugiere el filme: intentar hacer algo desde la completa ingenuidad puede provocar peores consecuencias. De las obras que he visto de este director checo casi todas han valido ampliamente la pena y ésta no es la excepción. Es envolvente, trepidante, llena de bellas imágenes, discursos, grandes actuaciones, una animación de primera (aunque aquí mucho más marginal) y un extraordinario sentido del humor. Pero lo que a mí me importa resaltar en esta ocasión es aquello en lo que me hizo pensar la película: lo que nos muestra con magistralidad y bastante ironía es la imposibilidad de escapar al ejercicio de poder. Con el fin del pensamiento metafísico y de la idea de que existe una esencia de las cosas que les dé un fundamento determinado, eterno, inmutable e invariable, se ha dejado de pensar al poder como algo sustancial y se ha empezado a estudiarlo en el cómo de su ejecución. Las estructuras de poder son el medio por el cual se ejerce y todos estamos sometidos – lo sepamos o no, lo aceptemos o no – a su influjo. Todos somos (aunque en distinta medida) conductores del ejercicio de poder, todos lo ejercemos sobre otros y padecemos su ejercicio.

Las estructuras de poder, aunque parecieran invisibles, son tan palpables como el aire que respiramos. Así como en la película el poder que se ejerce no se discute a niveles meramente teóricos (de hecho esos discursos que pretenden explicar el modelo dominante son más bien consecuencia del mismo) sino que se ejerce de manera a veces sutil, a veces abierta, siempre inevitablemente. Así como los locos de la película moldean y siguen su locura (¿hasta qué punto sería de cada quién?) según las estructuras impuestas por el parámetro dominante en boga, ante el cual se doblegan o son doblegados, cooperan u oponen resistencia y ejercen control a la par que son controlados – muy a pesar de poder creer que lo hacen libremente, en realidad son parte de un engranaje que moldea los cuerpos, las almas, las rutinas, los pensamientos –; así cualquiera de nosotros es parte de estructuras de poder de forma activa y pasiva, nuestros gustos, nuestras modas, nuestras ideas, forman parte de ese gran entramado llamado sociedad. Y no es que piense que el ser-humano sea completamente determinado y el individuo una mera ficción burguesa[2], sino que lo que la película casi escupe a la cara del espectador es el irremediable hecho de que no podemos seguir siendo ciegos ante el ejercicio del poder. Todos colaboramos y formamos parte de esas estructuras con el simple hecho de trabajar, estudiar, pertenecer a ciertas organizaciones o a ninguna, con el simple hecho de tomar el transporte público, de caminar por la acera, de comprar comida o ir a un espectáculo cualquiera.

¿Qué hacer ante este factum? ¿Existe la posibilidad de un refugio, de una escapatoria? Creo que seguir pensando en que podemos escapar del ejercicio del poder es una bobería con terribles consecuencias, es aquello que nos hace los sujetos perfectos al dominio, la imposición y la explotación. Esto nos hace creer que nuestras acciones y pasiones (ambas palabras en el sentido más general del término) no tienen ninguna repercusión y no forman parte de un enmarañado en el que se ejerce el poder, ahí donde se tejen las sociedades, sus tablas de valores, sus normas. ¿Por qué somos, entonces, tan propensos a creer que el poder es algo que no nos importa y ante lo que no podemos nada? ¿De dónde el tan arraigado sentir popular de que el poder corresponde sólo a políticos – todos igualmente sórdidos – y grandes capitales? Difícil saberlo, lo que sí es evidente es que mientras muchos pensemos así seremos meros subyugados que pueden ser fácilmente sometidos a estructuras que nadie ha decidido. Por otro lado, la creencia de que podemos romper con las estructuras de poder o para imponer la correcta, la verdadera, la buena,  o para vivir fuera de las mismas, son igualmente inocentes y con consecuencias equivalentemente terribles. La creencia de que los malos son sólo siempre aquella cara visible que ejerce y que las personas concretas son meras víctimas indefensas del poder nos hace caer en el absurdo de suponer que basta con destruir lo establecido para alcanzar la autonomía y la libertad, cuando en realidad lo que se debe buscar es modificar el ejercicio mismo del poder, con lo cual se modifica inevitablemente su estructura. O mejor dicho: es imposible destruir una estructura, sólo se remodelan. De lo contrario y parafraseando a Nietzsche nuestra aspiración puede ser un burdo querer liberarnos de… cuando la pregunta nunca debe ser: “libre de qué, sino libre para qué”. El personaje principal de esta película es el ideal para mostrar esta ambigüedad y los riesgos de ambas posturas, pues justamente es el colaborador perfecto de ambos sistemas sin que siquiera se dé cuenta de ello[3]. Y si bien la película pareciera ser bastante pesimista, lo cierto es que las dosis de humor negro son tan abundantes que, al menos a mí, no me dejó una sensación completamente desesperanzadora – como sí lo he sentido con otras películas, se me viene a la mente Luces al amanecer de Kaurismaki – y más bien terminé la película riendo de su paradójico desenlace (en mi mente seguían resonando las carcajadas del marqués). Ante las contradicciones planteadas por esta obra se me ocurren distintas posibilidades que sería vano aquí siquiera esbozar – y probablemente nunca piense a fondo ninguna de ellas – lo que me gustaría resaltar es que mientras pensemos sólo en la posibilidad de actores tan ingenuos como el personaje principal, estamos indefensos. Ejercer el poder reequilibrando las estructuras no sólo es posible, sino deseable (pienso, inevitablemente, en la permacultura como uno de las herramientas para ejercer el poder de otra manera).


[1] Hubiera preferido la reflexión del director como epílogo y no como prólogo.

[2] ¿Por qué es tan difícil entender que no hay tal oposición individuo-colectividad? Tal fácil sería entender que, al igual en un bosque, los individuos sólo existen gracias a la red de conexiones e interacciones de su ecosistema y, a la vez, esas redes sólo son posibles mediante individuos

[3] Desde luego que se da cuenta de ello, sabe que forma parte del juego y quizá lo hace bastante gustoso, aunque aparentemente le sorprenda. Aquí me refiero únicamente a la parte consciente-activa, no a la consciencia como el mero hecho saber de sí más general que podemos atribuirle.

Author: ojopinea

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