Cuando el destino nos alcance

Richard Fleischer
Soylent Green (1973) EUA

Por Zvezda Ninel

Viajo a menudo por una carretera en expansión que devora los ya ambiguos límites entre varias comunidades. Al lado de ese camino hay cordilleras de casas que van perdiendo espacio con la llegada de plazas comerciales que se apretujan preparándose para el eventual brote de decenas de fraccionamientos inmobiliarios; y en una de esas casas invadidas por el ruido de la construcción he visto una familia de perros observando seriamente el nuevo y vasto llano de concreto y las maquinas que lo abren como si sospecharan los peligros que se acercan, como si el espectro de inbalanceables transformaciones flotara amenazante sobre lo que solía ser un camino sorteable para su especie, como si sintieran lo mismo que yo al recordar una de las escenas más importantes (la de una revuelta en un mercado) de la cinta de 1976 en la que Charlton Heston descubre un secreto mortal pero evidente. “¡Ya vienen la excavadoras!, ¡Atención, ya vienen las excavadoras!”, ¡ya vienen las cucharas (¡The spoons are coming!) -traduciendo literalmente la denominación en ingles de esos amarillos vehículos que hunden sus garras en la tierra y la levantan con fría facilidad como si no fuera el sustento de historias ni vidas; garras que en la pantalla desmoronan una revuelta-; siento que los perros y pocos humanos también ven caer las cucharas del canibalístico futuro en el que los animales se extinguen, los edificios escalan uno sobre el otro para llegar más lejos rumbo a un cielo ardiente, y los humanos se apoderan unos de otros reproduciéndose maquinalmente como si en esta esfera hubiera espacio para los millones de depredadores insaciables que constituyen nuestra estirpe.     

Desarrollado en el año 2022, en una Nueva York habitada por 40 millones de personas (poco más del doble de la verdadera población neoyorquina actual), Soylent Green es un triller distópico -erróneamente clasificado como ciencia ficción- de 20 minutos en el futuro (tropo con el que identificamos las narrativas que especulan sobre un futuro cercano) que sigue las investigaciones de un antihéroe, un policía corrupto con calidez por los suyos y más ignorancia que perversidad (como la mayoría de los corruptos casuales), sobre el asesinato de un millonario de enorme influencia que sin oposición se deja ejecutar

Es una historia en donde el poder está presente en su ausencia, en su rotundo desencanto por la esperanza al haber llegado al punto final de las pitonisas advertencias ecológicas que desde el siglo pasado cantan lecciones mal oídas. Es una historia que debe analizarse rompiendo el protocolario, y muchas veces superfluo, temor al spoiler, pues no vale la pena reservar una verdad fílmica que se ha filtrado desde hace años, sin preámbulos ni fanfarrias, en multitud de guiños de la cultura popular que raramente son dimensionados o siquiera recordados por la mayoría de los que se los topan:

EL SOYLENT VERDE ES GENTE

Hasta las fortunas compran miserias

No hay animales a nuestro lado

Los árboles crecen en bunkers

No hay más vida en los mares

No hay hogares que basten

La cultura involuciona

Somos mobiliario

Los libros son ancianos emulando a Sócrates al entregarse a muertes en nombre de la verdad que, aunque la propaganda lo diga, jamás podrán ser eutanasia porque la buena muerte no existe cuando la buena vida es imposible.

La realidad protegida por asesinos en el mundo dirigido por Richard Fleischer, es que la sociedad del 2022 (dos especulativos años antes del fin del sexenio de nuestro actual presidente), dominada por multinacionales industrias alimenticias de las que los políticos son marionetas, se acabó a todos los seres de los océanos en nuestro 2019 y le oculta el secreto a las masas a las que les vende -con cobros que apenas y se distinguen de las tiendas de raya- el Soylent Green, una vacía promesa nutricional hecha de los cadáveres recogidos en las poco organizadas revueltas que surgen o en los centros de higienizado suicidio que existen para aquellos que vieron tiempos mejores y ya no pueden soportar el dolor de una tierra sin verdor.

Es una distopía con lecciones intemporales pero varios defectos que pudieron venir del más doloroso pesimismo, de la subestimación exagerada de la gente, o de la falta de tiempo para construir las señales de que los huecos en la verosimilitud del sistema y sus resistencias fueron saldados en el pasado no filmado de este universo cinematográfico.

Niños llorando son desatados de los cadáveres de sus madres y Robert Thorne -el policía interpretado por Heston- sabe amar al viejo que le da sermones que no comprende, pero no sabe comenzar a querer a una mujer sin ordenarle con abusiva crudeza que se desnude y se meta a la cama, porque en este desilusionado mundo el feminismo no logró nada contra los acólitos de la sobrepoblación y el sometimiento a la jerarquía antropocentrica que dice que el hombre debe crecer hasta devorarlo todo en nombre de Dios.

Sin temor a arruinarles nada puedo contar el final porque el final ya está entre nosotros. Pese a lo que la gente cree, el futuro sí puede verse -y sin tragedias- cuando viene de la consciencia que revisa los hechos sin obsesiones ni autoengaños. Los lectores del tiempo como los científicos, los filósofos, los activistas, escritores o los cineastas lo miran tan claramente que lo comparten.

El grito del protagonista imperfecto que ya no puede ser héroe de nada, Thorne: ¡Soylent Green is people!, se ha convertido en un meme, en un comentario breve hecho sin remordimientos en un episodio de los Simpsons en que Bart ve un futuro del que no aprende nada, en un gracioso momento de Futurama (donde el futuro es tan lejano que las tragedias ya han ocurrido, se han olvidado y volverán a pasar).

En uno de los más poderosos momentos de la película, Thorne llora con su agonizante libro diciendo “¿cómo podría saberlo?”. En nuestro mundo no fílmico el actor estaba muriendo de cáncer y sólo Heston lo sabía, pero aún sin ese coincidente hecho, debe golpearnos el llanto en la historia del personaje que por fin se da cuenta de que los reproches no eran juicios moralistas sobre una generación elegida como objetivo de la amargura, sino reflexiones sobre los hechos que constatan las culpas de nuestras tiránicas construcciones: “la gente siempre ha estado podrida, pero el mundo era hermoso”.

El mundo no es exactamente como lo pensaban los artistas preocupados por la ecología en los 70’s, la población va cobrando cuenta del calibre de sus conflictos y quiere actuar, hace compromisos constantes y serios; pero sigue sin reconocer masivamente su pequeñez individual frente a lo que debe ser trabajado más allá de la soledad que en el futuro grita para nada que nos comemos los unos a otros.

El poder puede retornar a nuestras manos si, antes de la golpizas finales a la naturaleza que no nos soporta, aceptamos que el cálculo realista del destino es trágico e incombatible sin nuestras fuerzas conjuntas contra los titanes que devoran el mundo con nuestra participación.

Author: ojopinea

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