La princesita

Alfonso Cuarón
The Little Princess (1995) EUA

Por Valeria Millán

Luego del furor que produjo Alfonso Cuarón en su reciente película, me atrevo a tomar provecho de su actual fama para invitarlos a ver otro filme igualmente genial. Producida en 1995, La princesita, es otra gran obra con la cual identificar a nuestro director. Para niños y adultos, la historia tiene como protagonista a una niña llamada Sara, quien vive en la India junto con su padre, de oficio militar. Al estallar la guerra el padre tiene que separarse de su niña para cumplir con sus deberes llevándola a New York, donde ingresa a un colegio de señoritas, institución a manos de Miss Minchin. En este colegio se aprenden algunas ciencias, idiomas y, sobre todo, reglas de comportamiento para dirigirse en sociedad, aprendizajes que no se obtienen sino merced al empeño autoritario y severo de la institutriz.

La relación entre Sara y la Srta. Minchin no es amistosa – de hecho la educadora no da señales de tener relaciones amistosas ni con sus alumnas ni con nadie – pues hay un choque personal al verla como una niña consentida que lo tiene todo. En realidad al ser Sara criada en “el país de la magia”, de forma libre, con mucho amor, donde su padre y sus nanas le rodean de historias fantásticas sobre el mundo, no entiende muchas de las obligaciones que existen en el colegio, y como espíritu inocente, cuestiona a voz viva algunas de estas extrañas reglas. Vemos, por ejemplo, una escena donde crea una historia alternativa de una novela que estudiaban en una noche de lectura de clásicos porque le parecía aburrida e injusta, así, ella se atreve a imaginar y contar su historia con otra trama más aventurera y emocionante.

La situación entre la institutriz y la niña merece especial atención si la confrontamos con la idea de las tres personas interiores en la mente humana planteada por el psiquiatra chileno Claudio Naranjo. Estas tres personas interiores que cada individuo tiene “dentro de sí”, son lo que llama “el padre, la madre y el niño”. Son títulos que corresponderían, si se usara un lenguaje más académico, a lo intelectual, lo emocional y lo instintivo, respectivamente. En el lado del padre está el intelecto, la normatividad, la crítica, la ciencia y refleja la sociedad moderna civilizada. En la madre encontramos el aspecto emocional, la relación con el prójimo, la compasión y la empatía, así como el amor incondicional. Por último, en el niño, aparece el instinto, la bestialidad que busca expresarse por el placer del cuerpo (deseos, lujuria, pasiones) así como por medio de la espontaneidad y la creatividad.

La reflexión que hace Claudio Naranjo en relación con las tres personas expresa la necesidad de reconciliarlas entre sí. El pensador chileno observa que la sociedad actual no ha hecho más que censurar al niño que llevamos dentro y soslayar el aspecto maternal-amoroso sobrevalorando el carácter del padre en todos los individuos y este sentido llama la atención al decir que somos una sociedad patriarcal que está enferma de autoritarismos y que cree ciegamente que la respuesta a los diferentes problemas está en actuar de acuerdo con este talante, ignorando que frecuentemente esta forma de concebir la sociedad es lo que ha producido problemas bien identificados como: la primacía de lo práctico en detrimento de lo contemplativo, el frenesí de la producción y consumo, la voracidad industrial y destrucción ecológica, etc.

Volviendo al filme, encuentro que esta película expresa dos luchas: la de la Srta. Minchin quien ha sido criada de forma dura y doliente con una mentalidad patriarcal haciéndola una persona reprimida y por ello mismo represora; y la lucha de Sara, una niña feliz, espontanea, que no entiende el por qué debe estar prohibida la creatividad, la imaginación y los deseos.  Una escena muy interesante, que para entenderla mejor tendrás recogerla del filme – ¡tienes que verla, es un imperativo patriarcal! – es cuando dialogan Sara y la Srta. Minchin:

-Espero que recuerdes que no eres más una princesa. Es hora que aprendas que la vida real no tiene nada que ver con tus jueguitos imaginarios. Allí fuera hay un mundo cruel y desagradable, y es nuestro deber hacerlo mejor.  No hay que refugiarse en sueños ridículos en lugar de ser útiles y productivos. ¿Entiendes lo que digo?

-Si señora, pero no creo en eso.

-No me digas que aun te crees una princesa. Dios, niña, mira a tu alrededor. O mejor aún, mírate en el espejo.

-Soy una princesa, todas las niñas lo son. Aun si viven en áticos viejos y diminutos. Aun si visten harapos. Aun si no son hermosas o jóvenes o listas. Todavía somos princesas. Todas. ¿Nunca se lo dijo su padre? ¿No lo hizo?


Es el momento en que a la Srta. Minchin se le asoma una lágrima. La interpretación que me permito hacer, no obstante lo rebuscado que pueda ser en apariencia, de La princesita, consiste en mostrar el conflicto que se presenta entre las tres personas interiores.

Hay una excesiva búsqueda, casi sangrienta y traumática, por hacer que en nuestros niños, nuestros jóvenes, nuestros adultos y en general en nuestra sociedad, se instaure una educación que privilegia la actividad práctica y la acumulación de riquezas. Reflexionando de la mano de Claudio Naranjo, actualmente se educa desde la mente patriarcal sin reparar en que priorizar un aspecto del humano, en detrimento de otros tantos, es escindirlo, reducir sus capacidades y descaminarlo de la versión más propia que podría en sí mismo reconocer.

La resistencia frente a esta imposición de un solo tipo de poder con la que actúa Sara me parece, aunque inocente, genial. 

Author: ojopinea

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