Entre la idealización y la manipulación mediática

Por Diana Hernández Juárez
Martín Hernández Alcántara

La industria cinematográfica es una de las herramientas favoritas de los Estados Unidos para promover e imponer entre sus ciudadanos y las audiencias internacionales corrientes de pensamiento, morales colectivas, modas y mercados. Su supremacía, que radica en la preponderancia de la imagen y el sonido llevados al mayor límite posible de verosimilitud, ha forjado el mito del denominado “American dream”  (sueño americano), y también ha impulsado, al abordar el tema del llamado cuarto poder en las democracias modernas, lo que podríamos denominar el “Journalism dream”, es decir, la utopía de un periodismo ideal, honesto, comprometido con el pueblo y las luchas por la justicia, en clara oposición a los hombres de poder, ya sean malos gobernantes o empresarios.

La mayoría de las películas sobre el tema tienden a idealizar el oficio presentándolo como casi heroico, con una naturaleza irreductible de servicio a la sociedad, cuyo fin principal es exhibir y denunciar los abusos del establishment, una suerte de contrapeso para-institucional de los tres poderes del Estado y del conglomerado capitalista; más no por ello podemos negar el acierto realista que comparten al retratar las dificultades del mundo periodístico, las presiones en las salas de redacción de quienes se comprometen con la denuncia y el apoyo a las víctimas, y no trafican con la información ni las influencias; así como también es destacable la existencia de filmes que denuncian los abusos y comportamientos inmorales de los periodistas, como Wag the Dog (La cortina de humo), una película de 1997, dirigida por Barry Levinson, cuyo eje narrativo es la contratación que hace un Presidente de Estados Unidos de un productor de noticias para generar un bulo que levante una cortina de humo sobre un escándalo sexual.

Una de las obras maestras de la historia del cine mundial, El Ciudadano Kane (1941), película escrita, dirigida, producida y protagonizada por Orson Welles, fracasó en sus tiempos porque su estructura narrativa, fotografía y temática significó una ruptura con la romantización de los medios de comunicación. Pero su severa crítica a la manipulación de las audiencias, los monopolios, la corrupción, las complicidades, la obsesión por el poder y el dinero, la falta de ética y la traición a los principios tiene tanta vigencia ahora como en el momento en que surgió. El magnate Charles Foster Kane inicia su trayectoria como un periodista honesto lleno de ideales -o al menos así lo manifiesta en su declaración de principios- pero vemos transformarse en su contrario conforme acumula dinero y riqueza, podemos identificar a individuos como Emilio Azcárraga, de Televisa, o Ricardo Salinas Pliego, de TV Azteca, e incluso a Donald Trump, todos ellos dueños de medios de comunicación con el poder para decidir lo que debe conocer la gente e incluso lo que debe pensar, utilizando –como señalaba Chomsky- la distracción, la mediocridad y el miedo al cambio, como estrategias para mantener a las personas pasivas e indiferentes ante las injusticias y abusos que ocurren a su alrededor.

En contrapartida al Ciudadano Kane, cuya esencia se centra en demostrar el poder perverso del mal periodismo, Todos los Hombres del Presidente (1976) de Alan J. Pakula, que tentativamente es la obra cinematográfica más conocida sobre periodismo y sigue el caso de la caída del Presidente Richard Nixon por la filtraciones de una fuente identificada con el alias de “Garganta Profunda” a los reporteros Carl Bernstein (Dustin Hoffman) y Bob Woodward (Robert Redford), se empeña en mostrar al cuarto poder no sólo como un punto de equilibrio social, sino como una potencia que puede enmendar a las instituciones, incluso las más encumbradas, cuando han caído en corrupción, al punto de acabar, con la participación de la opinión pública, con el hombre más poderoso de un país. Un mensaje de idealización de la democracia de Estados Unidos que puede leerse como: la ciudadanía y sus instrumentos de empoderamiento fáctico, en este caso, el periodismo, son más poderosas que el Estado a la hora de hacer vigentes los principios democráticos y la justicia.

Heredera espiritual de la veta moralista de Todos los hombres del presidente, la ganadora del premio Óscar a la mejor película en 2016, Spothlight de Thomas McCarthy, sin temor a la posibilidad de alejar audiencias acostumbradas a los contenidos fáciles, retomó con amplitud y gran cantidad de detalles los trabajos de 2002 de grupo de reporteros investigadores del periódico The Boston Globe sobre la red sistémica de abusos sexuales pederastas cometidos por sacerdotes católicos en Massachussets y el sólido aparato de complicidades  con abogados y autoridades que montó jerarquía de la arquidiócesis de Boston para mantener en silencio a los afectados. Una elección narrativa que puede hacer parecer larga o cansada a la cinta por asemejarla a una clase de ética profesional para periodistas, pero que refleja correctamente los esfuerzos que tienen que hacer los investigadores comprometidos con la denuncia y el apoyo a las víctimas, contrario a los mercenarios del periodismo que se dedican a traficar con información y relaciones públicas.

Casi como si continuara con el hilo argumental presentado por Todos los Hombres del Presidente, The Post, obra de 2017 de Steven Spielberg, afianza la propuesta de que una filtración, en este caso no desde el poder sino desde el activismo antibélico, puede poner al descubiertos actos de corrupción de envergadura mayúscula que confrontan al periodismo con el poder presidencial, al grado de que el principal derecho de la nación, la libertad de expresión, consagrado en la Primera Enmienda, tiene que defenderse en el máximo tribunal del país.

La historia narra un momento de crisis para The Washington Post, anterior a la gloria que ganó al hacer caer a Nixón, cuando su presencia capitalina aún no llegaba a la influencia nacional del New York Times y un grupo de activistas le filtró documentos militares ultrasecretos de la guerra contra Vietnam que evidenciaban que sin importar el sacrificio de miles de jóvenes inmigrantes y estadounidenses, durante dos décadas las diferentes administraciones norteamericanas  alentaron el conflicto para continuar con la economía de guerra y no ser escarnio del ridículo internacional a pesar de que la causa imperialista estaba perdida. La defensa de la garantía de información para el pueblo norteamericano se dirime en la corte y se confiere a los periodistas la investidura de representantes y custodios de la misma, el gremio, unido casi en su totalidad, se configura de facto en el Cuarto Poder, de carácter ciudadano, en  reyerta de tú a tú con el Poder Ejecutivo, de evidente naturaleza institucional.

Las películas que hemos tocado muestran como, ya sea desde la exposición desencantada de la falta o desde la presentación minuciosa de la labor ética que roza la heroicidad, la prensa se refleja en el séptimo arte como un punto de equilibrio social que puede enmendar la plana a las instituciones corrompidas e incluso detonar a la sociedad y al aparato de justicia para destituir presidentes y cambiar  el rumbo de la historia, cumpliendo con el principio fundamental del periodismo: servir a los gobernados, no a los gobernantes.


Author: ojopinea

Share This Post On

Submit a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *