MEMORIA Y PERDÓN

Por Mauricio Lugo

Lo que origina el diálogo que vamos a sostener el día de hoy[1], cómo de antemano se habrá podido adivinar, es la carta enviada por el actual Presidente de nuestro país, Andrés Manuel López Obrador, al rey de España, en la que le solicita se disculpe por las atrocidades cometidas durante la Conquista y el periodo de dependencia colonial.

La negativa del rey de España a la petición de López Obrador desencadenó una avalancha de comentarios de muy diversa índole, por parte de muy distintos actores e interlocutores que tanto desde la llamada “madre patria” como desde nuestro propio país, rápidamente se apresuraron a externar su punto de vista, ya sea valiéndose de las redes sociales o utilizando otros medios disponibles. Si la carta es pertinente o no –punto en el que buena parte de la discusión se ha centrado- es algo que quisiéramos dejar de lado. Más interesante resulta –nos parece- analizar lo que el debate en sí deja entrever.

Que cierta considerable cantidad de intelectuales y políticos españoles haya respondido con la arrogancia y la prepotencia propia del conquistador y colonizador es algo que en realidad no resulta extraño. Sorprendente hubiera sido lo contrario. En sus comentarios no ocultan la manera como nos ven: con aversión y desdén. Ya sea por la naturaleza indígena de muchos de los habitantes que aún pueblan esta comarca del mundo o, peor aún, por el hecho de que siendo hombres, gracias a la sangre europea u occidental que corre por nuestras venas, nos hayamos rebajado, a consecuencia del mestizaje, a una especie de hombres de segunda clase.

Más triste y dolorosa resulta aún la reacción y los comentarios de muchos de nuestros coterráneos. Hijos de Europa, hijos del llamado mundo Occidental, pero rebajados por el mestizaje, se afanan por pensar con las categorías, los conceptos y el lenguaje del conquistador. Creen que si se apropian del Logos, del Verbo, de la Palabra Occidental, que si adoptan la postura ideológica del amo, llegarán a ser tan hombres como sus inquisidores. Lamentable contemplar como Latinoamérica está todavía formada por hombres cuya mentalidad sigue siendo la que le impusieran cuatro siglos de coloniaje ibero, pero bajo una dependencia más atroz que la económica o la política: la cultural.

Un problema que hasta cierto punto se creía superado ha salido de nuevo a relucir en todo este debate: la débil identidad que caracteriza al mexicano. Si despertar a la historia presupone tomar conciencia de la propia singularidad; si preguntarse sobre el propio devenir, es condición de todo pueblo que se vuelve sobre sí mismo y se interroga sobre su pasado, momento obligado de reposo reflexivo antes de entregarse al hacer, habrá que inquirir por el sentido histórico de una buena parte de nuestro pueblo.

Todos los indignados por la carta enviada por López Obrador padecen de amnesia histórica. Pretenden deliberadamente desconocer que nuestra derrota, desde la conquista, ha estado siempre implícita en la victoria ajena; que nuestra riqueza ha generado siempre la pobreza que alimenta la prosperidad del conquistador; que nuestra tristeza y soledad es la euforia y la alegría del triunfador; que en la alquimia colonial y neocolonial, el oro y la plata abundante que existía en estas tierras se transfiguró en chatarra, de la misma manera que el alimento se convirtió en veneno.

Pero ya ni siquiera esto sorprende: ¿no acaso hoy día el bienestar de nuestras clases dominantes –dominantes hacia adentro, dominadas y serviles hacia fuera- descansa sobre la sobreexplotación de nuestras multitudes condenadas a una vida sin expectativas y a un trabajo que cada día se asemeja más al de las bestias de carga? Cuándo entenderemos que el pregonado desarrollo desarrolla la desigualdad; que el funcionamiento propio del sistema capitalista descansa en la necesaria desigualdad de las partes que lo forman, y que esa disparidad en la era de la globalización adquiere proporciones jamás imaginadas y cada vez más dramáticas.

Incorporadas estratégicamente, desde el periodo colonial, a la constelación de los centros de poder, nuestras clases dominantes no han tenido jamás el más mínimo interés por averiguar si el nacionalismo puede ser más rentable que la traición, o si el servilismo, la sumisión y la adulación, son la única forma posible de hacer política internacional. Puede asombrar en consecuencia que buena parte de las críticas emitidas en contra de la carta de López Obrador provengan de este sector social y, peor aún, de una clase media –en vías de extinción- que se resiste a abandonar el sueño de algún día pertenecer a las altas cúpulas del poder económico y social. Creer que si se piensa ideológicamente como los amos, lo convierte a uno automáticamente en uno de ellos, no solo es una ilusión, un autoengaño, es una estupidez.

Por lo que a nosotros respecta, nos gustaría proponer una concepción genealógica de la historia, inscrita en la tradición nietzscheano-foucaultiana, que articule las luchas con la memoria; que sea capaz de dar cuenta de las fuerzas históricas que en su enfrentamiento han hecho posible las culturas y las distintas formas de vida.

Hacer contrahistoria, significará proponer y privilegiar un discurso histórico-político que adopte el modelo de la guerra para pensar la propia historicidad. Una contrahistoria que quebrante la continuidad de la gloria y que en su lugar promueva una nueva forma de continuidad histórica: la defensa al derecho de la rebelión. Un discurso histórico que jamás abandone su sentido binario y su álgebra de enfrentamientos; que contemple como acontecimiento inaugural de las sociedades, como punto cero de la historia, la invasión, la conquista, el sometimiento y la derrota. Una contrahistoria que narre los choques y batallas entre etnias, culturas, pueblos, razas, conquistadores y conquistados.

Una narración histórica, desde esta perspectiva, tendrá que poner forzosamente en tela de juicio toda la concepción filosófico-jurídica del contrato sobre la que descansa el discurso histórico del vencedor; deberá asimismo invertir los términos de relaciones entre fuerza y verdad. Si de Solon a Kant la verdad solo surge a partir del apaciguamiento de las luchas y las violencias, la propuesta nietzscheano-foucaultiana de la historia no podrá colocarse ni en el centro ni el afuera de los conflictos. Por el contrario, la verdad que defienda tendrá que ser parte del mismo conflicto. No se trata más del problema de la soberanía, la obediencia al poder y la necesidad de ponerle límites al ejercicio del mismo, sino del derecho a la usurpación del poder. Una contrahistoria que no tenga nada que ver con la memoria histórica tradicional, mediante la cual se ha hecho siempre la crónica, la descripción del esplendor del poder con sus rituales y funerales, sus elegías y epitafios, sus consagraciones, ceremonias y crónicas legendarias. Discurso mediante el cual la concepción tradicional de la historia articula derecho, poder y verdad.

En abierta oposición al relato tradicional de la historia, lo que defendemos es una concepción de la historia que funcione como intensificador y operador de poder. Hacer genealogía, desde este enfoque, querrá decir poner en relieve la manera en que las relaciones de poder ponen en marcha las reglas del derecho mediante la producción de discursos de verdad.

En vez de que la mirada histórica se centre en las convenciones y contratos, consensos y acuerdos de soberanía, lo que se tendrá que sacar a la luz son las conquistas, las invasiones, las expoliaciones, los saqueos, las expropiaciones, las servidumbres, los exilios. A partir de aquí, pensar la política en el orden de la historia presupondrá dejar de lado los modelos económicos en los que el poder se entrega, distribuye y comparte, siendo estos sustituidos únicamente por el modelo de la guerra. Solo así será posible restituir las relaciones de fuerza que operan en el seno mismo de la historia. Una concepción así restablece las líneas estratégicas, delimita las fronteras de lo moral, recupera los puntos constituyentes de la política y de la historia. Una historia así estará obligada abordar el tema del racismo y del biopoder. Ya no se trata más, por tanto, del tema de las leyes sino del campo de fuerzas. De más está decir que un discurso de esta naturaleza subvierte el lenguaje y vocabulario tradicional bajo el cual ha sido escrita la historia.

Para cerrar diremos lo siguiente: lo que en todo caso irrita de la carta de López Obrador, en su petición de disculpa, es su solución cristiana al conflicto. Para nosotros, ni perdón, ni olvido, ni reconciliación. Seguimos en guerra, aunque como dijo Clausewitz, esta se lleve a cabo por otros medios. Si prestamos atentos oídos aún puede escucharse el estruendo de la batalla.


[1] Este texto es una ponencia que fue presentada en un congreso de filosofía en abril de 2019. Como el resto de los trabajos en esta revista, es una obra inédita 

Author: ojopinea

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