Gritos y susurros / Viskningar och rop

(Suecia 1972)

Ingmar Bergman

Por Diego Ulises Alonso Pérez

Desde la primera vez que la vi esta película, hace ya algunos años, me impactó y de inmediato se convirtió en una de mis favoritas del director sueco. La he visto en varias ocasiones y con el cine pasa lo mismo que con un libro o, para simplificarlo, pasa algo parecido a lo que pasa cuando visitamos constantemente un lugar o incluso cuando frecuentamos a menudo a una persona. A lo que me refiero es a lo siguiente: uno descubre ángulos no vistos, otras perspectivas, puntos antes ciegos, además de matices, contornos y sombras que antes pasaron desapercibidos o que – quizá y depende de aquello a lo que nos refiramos – cambiaron significativamente su rostro. Estas variaciones no sólo dependen de aquello con lo que nos ocupamos, sino también con la manera en que nos comportarnos con aquello con que nos relacionamos. ¿Acaso es la vida otra cosa que este incesante flujo de identificación de ella consigo misma y de aquello a lo que está dirigida como aquello con lo que se ocupa o le hace frente? Fue una genialidad husserliana el hacernos patente algo tan obvio, y justamente por ello olvidado, con ejemplos tan simples. La percepción visual de un objeto cualquiera es por principio cuasi-infinita y se da mediante perfiles [las famosas Abschattungen], del que sólo uno está directamente presente, mientras los otros son únicamente apercibidos como perfiles ensombrecidos (o escorzos, como también se ha traducido a nuestro idioma). Este tan recurrente ejemplo utilizado en fenomenología nos ilustra tanto el flujo de lo que percibimos, como el flujo mismo de nuestra percepción y, a la vez, insinúa lo que se presupone en el trasfondo de todo: la sincronía de ese fluir diacrónico, es decir, que el “pasar de la vida” no es un mero amontonarse cronológicamente ordenado de sucesos unos tras otros, sino un saber de ese sucederse, el que, por lo demás, no debe entenderse como un saber únicamente teórico, sino como un saber existencial. No quisiera alargarme en los detalles y consideraciones técnicas sobre lo aquí dicho – de eso me ocupo en los lugares apropiados para ello – y si he discurrido al respecto como presentación de lo que quiero decir aquí es sólo para explicar que las películas que valen la pena siempre nos descubren nuevos ángulos que tienen algo que decirnos.

   Cualquiera que haya visto esta tan famosa cinta del inmortal cineasta sueco reconocerá los temas predilectos del autor: la incomunicación, la soledad, la angustia existencial, el sin-sentido. El perfil que en esta última ocasión me atrapó mientras veía distintas películas sin decidirme por cuál elegir para este número (tenía bastantes en mente y me siento obligado a mencionar el último film que más me ha impactado y asombrado, a saber, Largo viaje hacia la noche de Bi Gan) fue el juego, me atrevería a decir juego dialéctico, entre la distancia y la cercanía; el cual, además, armoniza y se hace eco con los colores de las escenas, por poner el ejemplo más evidente: el dominante rojo y sus distintos matices según avanza el sol que todo lo gobierna. Pero también los blancos, los negros, los contrastes amarillos y rojos del otoño, etc. Este ir apareciendo, acrecentándose y desvaneciéndose de la luz del sol, principalmente, pero también de las velas y lámparas de gas, hace eco con el acercarse-alejarse sentimental-emocional de las protagonistas y con el drama existencial que viven. Quizá este aspecto se me hizo ahora presente justamente porque nos encontramos en aislamiento, tal vez tenga que ver que ahora también sintoniza este vaivén, este ritmo que nos conmina a la distancia. También quizá por ello los suecos no han decretado cuarentena, sus escuelas (aunque no las universidades), bares y restaurantes siguen abiertos. Eso sí, con la exigencia de la distancia mínima necesaria para protegerse y demás medidas preventivas. Esto no lo hacen por temerarios o irresponsables, sino que detrás hay toda una estrategia epidemiológica, además de que las personas consideradas de riesgo están en cuarentena. Quizá alguien piensa que invento, pero hoy en día cualquiera puede googlearlo y ver la explicación del epidemiólogo encargado de la crisis sanitaria en Suecia (Anders Tegnell), quien tampoco recurre a la locura de querer hacer pruebas a toda la población posible. Tal vez como en este país la tragedia no es tan grande, nadie le da importancia a lo que hagan y es hasta de llamar la atención los pocos y tendenciosos artículos al respecto que uno puede encontrar en español. Regresando a lo que aquí me ocupa: esta estrategia probablemente es efectiva en Suecia – desde luego que sería un error querer hacer eso aquí, puesto que es equivocado querer importar sin más técnicas y estrategias de otros contextos y situaciones sociales y materiales distintas – y, probablemente, sólo en Suecia (y países semejantes) sea eficaz porque culturalmente están acostumbrados a la distancia geométrica necesaria para no contagiarse.

   Pero la cercanía y la lejanía no se reducen a su aspecto geométrico-objetual, sino que se despliegan en otros niveles, en este caso, en el espacio vivo-existencial, en el cual nunca respondería – “a dos metros del refrigerador” –, cuando alguien me pregunta dónde estoy. Acaso sería mucho más preciso responder – “aquí” – a tal pregunta, aunque evidentemente eso no es a lo que el otro se refiere. Como sea, lo importante a resaltar es que la cercanía y la lejanía son también algo sentimental, emocional, existencial. Uno puede estar, objetivamente hablando, a miles de kilómetros de las personas que ama y, sin embargo, sentirse más cercano a ellos que del vecino de al lado. Esto es lo que la película me hizo ver: el ir y venir emocional de sus personajes, los que se acercan y alejan constantemente sin poder nunca tocarse. Tal cual si la indolencia en la cinta se representara por un “principio de sana distancia emocional”, por llamarlo de alguna manera, nunca tan cerca de la otra como para que me pueda dañar, pero tampoco tan lejos como para desaparecer de lo que por analogía llamaría su campo sentimental. Haciendo otra analogía: justo la recomendación de la sana distancia es para evitar ser contagiado por el otro, que puede ser cualquiera; las protagonistas de la película actúan como si tuvieran miedo de ser contagiadas por las otras, a pesar de que son sus seres queridos. Sin embargo, no pueden dejar de verlas como un peligro. Y aunque por momentos parece que se van a tocar, sentimentalmente hablando, sólo es apariencia.

   Lo magistral de esta obra de Bergman para mí es – al menos esta última ocasión que la vi – que siempre nos deja la sospecha, nos siembra la duda, nos hace pensar que quizá no podemos alcanzar al otro, que nos es imposible siquiera rozarlo, que nunca podremos estar emocional y afectivamente tan cerca del otro como para contagiarnos del drama de su existencia o contagiarlos de nuestra propia existencia. Y en el film este juego dialéctico de cercanía-lejanía se hace evidente, pues ni la hija puede acercarse a su madre y por ello odia a una de sus hermanas (a la que le atribuye el poder de acercarse a su madre), ni tampoco puede alejarse. Reflexionando sobre esto, lo dicho me parece extensible a la mayoría de sus películas, las que nos muestran el fracaso del deseo de cercanía y la imposibilidad de la lejanía (aquí no puede haber absolutos); lo que sería el fundamento ontológico de la indolencia. Aunque precisa y paradójicamente, su victoria sea su derrota, pues el deseo de cercanía gana al fracasar en el intento, parafraseando a Levinas, se alimenta de su propia hambre. Búsqueda de la cercanía del otro que es una mera aspiración, un mero horizonte inalcanzable y que, por más contradictorio que pueda sonar, se va franqueando sin ser traspasado, cual si siempre nos dejara en el umbral o cual si al traspasarlo nos encontráramos nuevamente ahí donde estábamos, es decir, a punto de dar el paso. Por ello esta búsqueda de cercanía del otro siempre va acompañada de su contrapolo, la huida del otro, la lejanía (aunque, desde luego, a veces se puede buscar la lejanía). Creo que la epidemia también nos hace patente esta contradicción y el hecho de que el espacio no se reduce a su sentido geométrico, objetual y medible, pues justamente en estos momentos nuestra cercanía solidaria – para aquellos que podemos darnos ese lujo – se realiza con la distancia.

Author: ojopineal

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