La indolencia del falo

LPor Samantha Páez

Cuando escucho la palabra indolente, siempre se me viene a la cabeza la violencia contra las mujeres, pero últimamente una en especial: la violencia sexual. Creo que, de a poco, son cada vez más las personas que se sensibilizan, que hablan, sobre la violencia feminicida. Sin embargo, la violencia sexual -la violación como una muestra- sigue siendo un tabú, algo que avergüenza a las víctimas y no a los violadores.

   Para hablar de la violación en el cine, me gustaría retomar a Virginie Despentes, escritora y cineasta feminista francesa, que en su libro Teoría King Kong (2019) dice que cuando los cineastas realizan películas centradas en la violación de una mujer lo hacen como si ellos fueran las víctimas: tomando una venganza contra los violadores. Cita tres películas: La última casa de la izquierda, de Wes Crave; El ángel de la venganza, de Abel Ferrara, y Escupo sobre tu tumba, de Mier Zarchi.

   Pero -como lo dice Despentes- “un principio político ancestral, implacable, enseña a las mujeres a no defenderse”. Con ello se refiere a que desde niñas se nos enseña a ser débiles, a tolerar y a actuar con amor ante las violencias. Incluso, se nos enseña a normalizar que desde corta edad somos objeto de deseo y debemos serlo el mayor tiempo posible. También se nos dice que los hombres son seres que no pueden controlar sus instintos sexuales y que -casi, casi- nosotras existimos sólo para satisfacerles.

   Se me ocurren un montón de películas que ilustran -en algunas escenas- esto: Irreversible, de Gaspar Noé; Zona de Guerra, de Tim Roth; No te muevas, de Sergio Castellitto; Kadosh, de Amos Guitai, o Las tortugas también vuelan, de Bahman Ghobadi. En ellas la mujer violada ni toma venganza, ni puede defenderse ante ese falo indolente que la penetra.

   Vuelvo a recordar a Virginie Despentes, veo tan claro  cómo esa llamada “cultura de la violación” hace que un acto tan atroz y tan violento sea callado -porque es algo horrible pero no tanto como para gritarlo- y, a la vez, se vea como algo excepcional que sólo cometen los degenerados, cuando en realidad ocurre con una frecuencia tan atroz.

   Tengo amigas y conocidas que fueron violadas en su infancia o adolescencia, esto no es nada fuera de lo normal: en el Diagnóstico cuantitativo sobre la atención de la violencia sexual en México, de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV), se señala que de 2010 a 2015 se integraron en total 83 mil 463 averiguaciones previas por delitos de violencia sexual en México.

   Pero si se toma en cuenta que la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (ENVIPE) 2014 estimó que el 94% de los delitos sexuales no se denuncia, los casos de violencia sexual llegarían a las 299 mil al año. Es decir, que -en promedio- 819 mujeres son violentadas sexualmente cada día.

   Por eso cuando en la película Viólame o Fóllame -según su traducción-, de Virginie Despentes, una de las protagonistas es violada y actúa de una forma tan distinta a la que vemos comúnmente en el cine: ni pelea lo más que puede para que no ocurra, ni se siente deshonrada, ni tiene deseos de venganza, nos descoloca y nos reta.

   La venganza que toman las protagonistas es una contra el mundo: contra el sistema que no les permite vivir su sexualidad de forma abierta, pero que a la vez ofrece sus cuerpos al mercado; contra la familia, sostenida muchas veces por el machismo; contra las instituciones, como las bancarias o las de seguridad, y contra la masculinidad, porque los hombres son a quienes se les asesina y se les viola.

   Viólame es una ruptura absoluta en lo referente al cine y la violación: la mujer violada no es víctima, ni vengadora, busca seguir adelante pero no con resignación o gracias a la superación personal: avanza como un tornado de frenesí y violencia. Quizás ese tornado es la rabia que siente la misma Despentes por no haberse defendido cuando la violaron -fue educada para no dañar a los hombres- y esa es la misma rabia que a muchas feministas nos mueve, nos motiva, a destruirlo todo.

Author: ojopinea

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