Sin City

(USA, 2005)

Robert Rodríguez/Frank Miller/Quentin Tarantino

Sin City: solo es pecado de vez en cuando.

Por Alberto G. Marañón

Basada en una serie de cómics escritos por Mark Miller y dirigida a tres partes por su propio creador en compañía de Robert Rodríguez y Quentin Tarantino, Sin City ha sido desde su estreno una película conocida en la cultura de masas por su llamativa estética que innegablemente inspiró el estilo visual de 300 (2006) de Zack Snyder.

  Repleta de asesinatos y muertes al por mayor la cinta divide su historia en diferentes capítulos que toman lugar en la misma ciudad: Basin City, cloaca urbana donde el crimen organizado, la corrupción de los altos mandos, el uso de prostitutas y tráfico de sustancias ilegales son el pan de cada día. Sin embargo, la forma en la que la película se cuenta no es de mi interés, y mucho menos lo es su estética blanco y negro con uso de colores muy específicos cuando es necesario, lo que interesa es la vida de sus ciudadanos que conviven las 24 horas al día con la forma de vida que la ciudad ha adoptado.

   Una ciudad, a diferencia de lo que el imaginario simplista de Hollywood propone, no se ve perturbada  cuando las “grandes fuerzas del mal” se apoderan de ella, tampoco es necesario un ente de villanía pura que la pervierta; la ciudad, sus viviendas y sus calles, como testigos físicos de la sociedad que la habita, se ven interrumpidas por las más pequeñas acciones de violencia: en el  momento en que una subjetividad ataca a otra, el espacio donde conviven se convierte en el lienzo donde se puede desplegar toda la crueldad humanamente posible y también en el testigo inamovible de los actos que se cometieron en él.

La obra de Rodríguez, Miller y Tarantino entiende, sin embargo, que la convivencia en la ciudad se dibuja como hostil más para unos que para otros: si bien la parte baja de Basin City (como las prostitutas, drogadictos y comerciantes locales) convive de manera íntima con la brutalidad de la ciudad, su experiencia es meramente visual, haciendo sus estómagos duros y sus temples difíciles de perturbar ante las marcas de los actos más desgarradores que toman lugar en la urbe (y no ante los actos como tal), la parte alta de la jungla de concreto (y en particular la que se nos muestra) es familiar con la decadencia de su ciudad solamente por medio de las noticias y los informes que sus contactos en la parte baja les hacen llegar, pues existen como gestores de la violencia interna de la ciudad y sus posiciones de poder son resultado de la descomposición de la misma: su existencia depende del deterioro económico y moral de su morada.

   Es esta misma escala de percepción de la violencia del área metropolitana lo que determina lo que es el pecado en la ciudad del pecado: aquel que tiene los medios para ocultar su actuar (o al menos seducir al sistema), puede pecar en mayor rango y cantidad que aquel que no; el pecado se convierte en una forma de vivir, ya no se convive con él, se vive en él y se hace de forma interruptora: no se manifiesta de manera entrecortada, sino que irrumpe cada espacio posible de convivencia y hasta de existencia, entra de forma íntima a las vidas de todos los que habitan en el espacio y transforma su estar en el mundo hasta la médula.

   No es lo mismo pecar en tu mini departamento en la parte más gentrificada de la ciudad y sin la más mínima noción de lo que es la naturaleza del pecado que pecar en un loft de lujo en la zona financiera, vigilado por servicios de seguridad privados y hasta con conserje personal para limpiar las pruebas del pecado. Mucho menos es lo mismo pecar por amor que pecar por codicia, y más alejadas aún están los resultados de pecar como policía a pecar como peatón.

   Si bien una de las historias desarrolladas en el filme se da por el asesinato de un miembro del cuerpo policial, dando un pequeño índice de que la violencia les toca a todos, el motor de la narración comprende que la muerte de un policía, servidor de los intereses privados y del Estado, no quedará impune aún si ocurre en forma de defensa: un representante de la fuerza de la estructura social que permite la existencia y permanencia del estilo de vida de la élite es por naturaleza más “importante”; esta importancia no se presenta para la élite como una vida más valiosa, sino una vida más significativa, una vida que por su función debe de encontrarse lo mejor empleada por ellos antes de perecer, un policía joven muerto es una vida a la que aún le faltaba ser explotado. De esta forma, el pecado varía de humano a humano, no es ni con la misma intensidad ni con la misma castigabilidad y más importante aún: no es con la misma función.

   Al final, lo que diferencia un pecado del otro es la funcionalidad primaria con la que este es realizado, la funcionalidad primaria no existe en las bajas  cloacas de Basin City, se peca para olvidar la existencia, se peca por placer y a veces, se peca para sobrevivir. El pecado de los más altos estratos sociales de Basin City tiene como funcionalidad primaria la conservación del estatus y de la aparente estabilidad allí , en lo alto, se peca sólo de vez en cuando, cada cuerpo y víctima cuenta: no es sangre, son cálculos.

Author: ojopinea

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