Post tenebras lux (2012) Director: Carlos Reygadas Por Diego Ulises Alonso Pérez

La primera vez que vi esta película me provocó un asombro, me conmo-
cionó sobremanera, me sentí tan profundamente identificado con “algo”
que ahí se mostraba – y que en principio no sabía cómo expresarlo – que
me pareció que la película reflejaba, en cierto sentido, mi vida; como si
estuviese viendo gracias a sus imágenes extractos de ella, aun cuando obje-
tivamente hablando mi cotidianidad tenga poco que ver con la historia que
ahí se cuenta. Esta sensación provocó que tuviera a este film como uno de
mis favoritos y, además, que escribiera un par de artículos sobre el mismo.
Hasta que por fin descubrí – o quizá inventé – el motivo (ese “algo”) que
me hace pensar en mi propia vida. Antes de esclarecer ese algo biográfico
en el que siento mostrado parte del curso de mi vida, quisiera señalar que
desde la primera vez la película me pareció bastante diáfana y la historia
que cuenta bastante clara, a pesar de que por momentos no cuadraran al-
gunas de las escenas con una historia lineal. Y esto porque las primeras tres
escenas me parecieron claramente tres sueños distintos de tres personajes
claves de la misma. La primera escena, por cierto, una de las más bellas, me
pareció el sueño de Ruth, quien se sueña a sí misma en medio del campo,
cerca de su casa, en aquél pueblo tan aparentemente pacífico que habita
con su familia, la naturaleza presente en todo momento, lo que considero
uno de los mayores logros de la obra porque el personaje principal es la na-
turaleza que rodea el ambiente y lo colorea. Así, vemos a Ruth cobijada por
la calma de una tarde soleada que poco a poco se va nublando, las monta-
ñas y el bosque alrededor del claro en el que se encuentra – un campo de
fútbol – dan un perfecto sitio acogedor. Ella juega alegremente, los perros
corren al rededor, las vacas pacen en la cercanía. Pero el entorno acoge-
dor empieza lentamente a nublarse, se escuchan truenos y se vislumbran
relámpagos, la oscuridad del anochecer que se acerca viene acompañada
de una tormenta. Aquella naturaleza acogedora pierde su claridad y distin-
ción, empieza a volverse borrosa y obscura, sólo la momentánea luz de los
relámpagos esclarece y hace visible, aunque sea por instantes, el lugar. Ruth
empieza a tener miedo, se descubre a la intemperie, requiere la compañía
de su madre (Natalia), de su padre (Juan), de su hermano (Eleazar)… a
quienes llama desesperadamente.
La siguiente escena es el sueño de Eleazar, quien observa a una
figura roja luminiscente con cuernos y cola (pareciera insinuarnos un dia-
blo) atravesando el departamento en el que quizá habitaban antes de mu-
darse al campo, lo mira cruzar el pasillo de una manera que uno no sabe si
está paralizado de terror o simple y llanamente es indiferente y lo ve entrar
al cuarto de sus padres, cierra la puerta y viene el siguiente sueño-escena.
El siete atraviesa el bosque en un día tranquilo, se siente seguro y en paz,
resguardado de todos los problemas, abrazado por la abundancia del bos-
que. Se detiene en un árbol para sacar leña… y entonces la siguiente escena
es la que nos posibilita la interpretación de las primeras tres como sueño:
Ruth despierta gritando de aquel sueño que se convirtió en pesadilla, su
madre viene a su auxilio, le pregunta por su sueño, “¿soñaste con animales?
¿Con vacas, tus favoritos?” Y podemos insinuar la respuesta afirmativa,
aunque a Eleazar, quien no despierta agitado como su hermana, nadie lo
interroga por sus sueños. Leyendo la película de esta manera las escenas en
las que pareciera contradictorio lo que se va contando y lo que va pasando
– quizá Juan está muerto y simplemente sueña con sus hijos de adolescen-
tes mientras vacaciones en aquella playa a la que justamente iban antes
de su accidente o quizá el Siete sueña que su patrón murió por su causa
– dejan de parecer incoherentes. Desde luego se deja entrever una historia
lineal que sirve de trasfondo a los sueños que se entrelazan en la misma.
Dicho lo anterior quisiera regresar a aquello que me conmocio-
nó desde la primera vez y que en un principio no me parecía tan claro.
Hace algunas semanas leyendo a Husserl (Husserliana XXXIX) en uno
de los primeros textos – número 2 o 3 – se hace mención del horizonte
como trasfondo que forma parte del mundo en su pre-dación, siempre in-
determinado pero determinable, siempre pre-dado por medio de ensom-
brecimientos, ya sean perceptivos, imaginativos o culturales, que sirven
como los límites gracias a los cuales pueden destacarse de dicho trasfondo
aquello a lo que expresa y directamente dirigimos nuestra atención. Pero
ese trasfondo es, en todo momento, accesible con un cambio de mirada.
Desde luego tanto horizonte como trasfondo remiten a distintos niveles
constitutivos y requieren un análisis detallado y riguroso para explicitar-
se. La mención hecha aquí quiero utilizarla simplemente como base para
aclarar aquel “algo” que tanto me impactó desde la primera vez que la vi,
a saber, algo así como un trasfondo cultural y natural común. Aquél algo
es justamente eso dado de antemano, pre-téticamente, que compartimos
en tanto “mexicanos”. La película me parece tan familiar porque me hizo
explícito todo aquello tácito en mi vida y que me rodea: la silenciosa pero
tan marcada tensión que existe en este país entre distintas clases sociales,
el patrón en torno al cual gira la vida de muchos de sus trabajadores, la
enorme desigualdad entre los distintos grupos y, al mismo tiempo, la co-
hesión que une a todos y que pareciera pender de un hilo y, sin embargo,
resguarda a todos casi maternalmente. El clima tan típico de aquí (al me-
nos de gran parte del país), que provoca que en un día soleado cualquie-
ra puede convertirse prontamente – en época de lluvia – en un aguacero
que nos hiciera sentir que literalmente el cielo se precipita sobre la tie-
rra. Este film muestra, sin caer en una narración folklórica y sin quedarse
en lo “mexicano” (aunque le sirva de base), la situación actual de nuestro
país y, al mismo tiempo, insinúa la condición humana en su complejidad.
Nuestro mundo-común-compartido lleno de tensiones, contradicciones,
violencia, mensajes ocultos, o sea, sentidos pre-dados. Sin embargo, estos
sentidos pre-dados son también dulces, llenos de calma, de alegría, de paz,
de solidaridad humana. Con una belleza única logra poemas visuales que
retratan aquello tácito y ensombrecido de nuestro mundo entorno en uno
de sus niveles constitutivos (el cultural); aunque éste esté fundando en otro
nivel de afecciones que adquieren el sentido de lo cálido de las fiestas, el
bullicio de las mismas, los encuentros familiares, la vida cotidiana, los pe-
queños problemas, las pláticas que parecieran meramente intentar hacer
huir el silencio, los animales con los que compartimos y co-constituimos el
mundo.
Tuvo el efecto de hacerme visible parte de este horizonte pre-dado
en un sentido muy peculiar, pues esto incluye algunos recuerdos, aunque
más como emociones que como imágenes, de mi propia infancia, la cali-
dez familiar de un día cualquiera, de los problemas paternos siempre en
el ambiente; pero también de mi adolescencia y de mi juventud, de mis
relaciones personales con los otros, de lo dulce y, a la vez, conflictivo de las
relaciones de pareja y, sobretodo, de mi propia relación con la guardiana
de la casa. Asimismo, habría que agregar, sentí proyectados muchos de mis
sueños, de mis ambiciones, de mis gustos, de mis tristezas; por ejemplo, mi
deseo de abandonar la ciudad y vivir en el campo, al lado de un estanque
en el que a menudo escuche a los grillos, a las ranas, a las luciérnagas, en
el que pueda salir y decirle al otro “viste a los colibrís”. En fin, mi profundo
anhelo de abandonar las ciudades tan típicamente de aquí, que son deso-
ladores desiertos de concretos y buscar resguardo en una naturaleza que
requiere de tan poco para regresar y llenarnos de abundancia, aunque esa
misma abundancia sea el no-lugar que nos devora.

Author: ojopineal

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