Stellet Licht (2007) Director: Carlos Reygadas. Por Vanessa Huerta

Clarea. El desayuno está servido para los incontables hijos de Esther y
Johan, pero antes de probar el pan: silencio y oración… tic-toc, tic-toc,
tic-toc. El público bosteza. De nada nos sirven los cursos de alemán por-
que todo aquí acontece en Plautdietsch. Dani, Anita, Autghe, Jak, Alfredo,
Cornelio, ¡Kom, vámonos! Es hora del llanto solitario de papá. ¬– Johan
llora porque no ha podido dejar de ver a Marianne, la mujer de la que
está enamorado hace ya dos años. También llora porque no quiere hacerlo,
pero sabe que esa relación tiene que llegar a su fin o terminará por matar
de dolor a su esposa Esther–.
Eent… twee… dree… comienza la jornada de trabajo: hay que
segar los campos y bañar a los niños; el estanque está lleno, el agua tibia
bajo el cielo abierto. La cosecha ha sido buena este año y hoy hay tacos para
comer. Pronto llega la hora de la merienda y de las plegarias vespertinas.
Nuevamente: silencio y oración. Así trascurre el día a día de un campesino
menonita tras veinte años de matrimonio se ha enamorado de otra mujer.
En este sentido Luz silenciosa no trata de nada, o al menos de nada fun-
damental. Lo interesante del filme reside más bien en la forma en que se
plantea un argumento tan recurrente como una crisis matrimonial.
Para empezar, Reygadas sitúa su narrativa entre un amanecer y un
atardecer ideales, casi míticos, como si quisiera reconstruir con imágenes
el primer día después de la creación del mundo. Todo lo que acontece en
ese ese intervalo de tiempo se ha fundido en un baño de luz solar; los mai-
zales dorados, las cabelleras casi blancas de Cornelio y Jak, la piel tostada
de las niñas; incluso el encuentro de los amantes ocurre a plena luz del día.
En este relato tan transparente como elemental, no hay ocasión para la
intriga y el engaño: Esther supo lo de Marianne desde el principio porque
Johan mismo se lo dijo.
Al interior de una comunidad cerrada y conservadora, donde las
fuerzas primordiales del bien y el mal se arrebatan las almas de los hom-
bres y la verdad se filtra por cada rendija, estar enamorado ¿es considerado
cosa del dios o del diablo? El padre de Johan insiste en que el adulterio
es obra del maligno. El mismo experimentó ese ardor desconocido en su
juventud, pero con el paso del tiempo aquel sentimiento se transformó en
piedra y se mostró como lo que realmente era: tan solo ganas de sentir.
Sin embargo, Johan asume su pathos de manera distinta. Para él, estar
enamorado de Marianne es más bien cosa de dios, lo cual reviste de cierta
sacralidad una aventura que, paradójicamente, termina por fragmentar la
institución simbólica del amor por excelencia: el matrimonio.
Ahora bien: en contraste con Japón (2002) y Batalla en el cielo
(2005), filmes hiperbólicos en los que el cuerpo se muestra en su injustifi-
cable abundancia y el amor se reduce a ser principio de irrigación sanguí-
nea en los órganos sexuales; la emoción amatoria entre Marianne y Johan
no se revelan como carne, sino como un pecado que debe ser expiado. La
muerte y resurrección de Esther, además de emular explícitamente la esce-
na final de La palabra de Dreyer (1955), simboliza el punto culmen de este
proceso de purificación.
No obstante, a diferencia del melodrama clásico, el espectador de
Luz silenciosa no se ve obligado a pasar por el mismo proceso catártico ni
a tomar partido en la disyunción moral. Gracias al admirable trabajo de
Alexis Zabé -director de fovtografía de éste y otros proyectos como Tem-
porada de patos, The florida project y The antwood-, el filme de Reygadas
se libera de todo sentido trascendental y se convierte en un ejercicio de
contemplación de las superficies bajo el único principio: lo que ves es lo
que hay.
Efectivamente: los campos que la cámara recorre meticulosamen-
te son amplios y abiertos pero no insinúan profundidad ni tragedia. Las
emociones, al igual que el decorado austero de las casas, parecen hechos
de plástico y cartón. En lugar de los clásicos altibajos de un drama con-
yugal vemos lluvias torrenciales, interminables trayectos rurales, parajes
silvestres y largos silencios en espera de que el tiempo apacigüe la viveza de
un dolor que se ha encajado en la carne. En el filme de Reygadas, la repre-
sentación del desamor que padecen estos otros hijos del sol, blancos como
la leche, nos recuerda más a las pinturas de Van Gogh sobre campesinos
consumidos lentamente por la vida, que a un rito sacrificial que culmina
con la extracción del corazón.
La decisión de no incluir actores profesionales está ligada precisa-
mente con esta renuncia a llegar al ser de las cosas a través de la imagen.
Para Reygadas ya no se trata de evocar arquetipos mediante una repre-
sentación teatral que aspira a la perfección técnica; sino de captar las apa-
riencias en su carácter de acontecimiento singular e irrepetible. En este
sentido, aunque el movimiento de la cámara y el poder de la composición
visual refieran claramente al estilo de Tarkovsky, Luz silenciosa ya no pasa
por esa necesidad metafísica de transmitir al espectador ideas y emociones
en su forma primigenia. Por el contrario: lo que esta réplica mexicana del
cine trascendental nos revela -quizás involuntariamente-, es que la forma
pura no existe; es el arquetipo el que vive y se alimenta de los innumerables
intentos por aproximarse a él. Copia de la copia. Corrupción de la esencia.
Durante el descenso el espíritu adquiere la forma del cuerpo, o mejor di-
cho: es el cuerpo el que termina por devorar al espíritu. Materialización de
esencias: eso es lo que sucede con quienes, como Johan, padecen un mal
universal, pero se purgan a la mexicana cantando canciones de José Alfre-
do.

Author: ojopineal

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