Qué difícil es ser un dios

(Rusia, 2013)

Director: Aleksey German

Por: Ricardo Hernández

Los protagonistas se arriman en todo momento, no sé qué aroma buscan, pero tienen que pegar su nariz al cuerpo del otro y olerlo. Agarran con la mano excremento o un poco de sangre y respiran, a veces necesitan restregarse otra sustancia viscosa en el rostro para no perder hedor alguno.

Al inicio de la película Qué difícil es ser un dios, del director ruso Aleksey German, el espectador se entera que el lugar donde ocurre la historia es un pueblo medieval, pero ubicado en otro planeta, parecido a la Tierra pero más pequeño, donde los habitantes presentan características similares a las que los terrícolas vivieron hace más de ochocientos años. Ese planeta fue elegido por un grupo de científicos para estudiar, de manera presencial, el surgimiento de un tipo de Renacimiento como el que conocemos.

En la ciudad de Arkanar, donde llueve intermitentemente pero la neblina siempre se queda, seguimos al carismático Don Rumata, quien es parte de ese equipo de científicos que sólo tienen permitido observar el devenir de ese planeta sin intervenir en su historia. Difícil instrucción aquella de estar presente y no afectar.

Gracias a los paseos de Don Rumata entendemos que hay bandos en pugna: por un lado un escuadrón gris que va matando a los artistas y pensadores. Y en el “otro extremo” un escuadrón negro que tortura a toda la población. Ambos grupos armados son patéticos, muchos de sus movimientos recuerdan las pantomimas de Los tres chiflados, son asesinos que torpemente van acabando con la posibilidad de un Renacimiento.

La ley del más fuerte está en apogeo en la cinta y en nuestro inicio de siglo. El espectador contemporáneo puede ver en los campos que concentran migrantes o campos de refugiados una manera de relacionarnos que conserva las peores prácticas ancestrales.

Las repeticiones de Don Rumata nos recuerdan que nos parecemos a los caños, que estamos atravesados por aire. Se esfuerza por inhalar la fragancia o la fetidez de lo que va encontrando a su paso. Además es un apasionado de los instrumentos de viento, se acerca a diferentes flautas y sopla, sopla y hace música. Meter y sacar aire del cuerpo, respirar y exhalar, la vida ocurre entre esos ejercicios que por cotidianos, a veces, subestimamos.

En la película cada escena es un cuadro cargado de detalles, se requiere de atención para apreciar tantos elementos estéticos en diferentes planos que, además, constantemente son perturbados por vapores, sombras, lluvias y un sin número de artefactos que dificultan una escena e inician otra. El movimiento atropellado de la cámara se vincula con el desgaste de Don Rumata, la cámara va chocando también con los otros, está agobiada.

En cierto momento Don Rumata, el científico, se aleja del plan original. Don Rumata quiere acabar con todos.

Si bien el contexto es de muerte y destrucción, la historia está plagada de vida. Mujeres embarazadas, niños jugando y decenas de animales enmarcan los encuentros de los protagonistas. El piso común es un lodo espeso que mancha a todos por igual. Todos están empapados con la misma lluvia, los científicos no escapan tan fácil del contagio. La infección aquí es como la mierda que cubre a Pim, aquel personaje de Beckett que también repta por el lodo. La viscosidad del clima porta algo de los otros que alenta el paso, que perturba. La viscoscidad también aparece en los sueños de Don Rumata, su tristeza abona al fango compartido.

La cinta es el resultado una interpretación que hace Aleksey German del libro homónimo de los hermanos Strugatsky, los mismos que escribieron Roadside Picnic, novela base para Stalker de Tarkovsky.

Qué difícil es ser un dios es una obra de arte.

Author: ojopineal

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